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01 febrero, 2021

El zorro y el girasolito

 

Las personas cambian, a veces para bien, a veces para mal. Algunos cambian solos, otros necesitan ayuda.

No existe una edad ni un momento para ese cambio. Pero, a todos les llega. Tarde o temprano.

Y está bueno que pase, porque es bueno cambiar. Ser siempre el mismo significa que te estás estancando. Siempre hay que querer más, buscar más, sentir más.

Equivocarse, una, dos, mil veces. Caerse y levantarse. Y volverse a caer”.

 

Más de seis años pasaron del final de aquella historia. La primera en donde realmente sentí que había hecho algo que valía la pena ser leído.

Recuerdo que lloré mucho cuando escribí la última frase. Por un lado me sentía inmensamente feliz, pero por el otro… no quería decir adiós.

Había puesto tanto de mí en cada palabra, tantas emociones y sentimientos…

¡Y me había costado tanto!

Sobretodo cuando llegó aquel hiatus, en donde por casi un año no pude continuar. Y creí que sería una historia inconclusa más, como las tantas que siguen ahí, esperando a que me decida continuarlas algún día.

Esa vez… me paralicé. Porque me di cuenta que lo que estaba escribiendo era lo que llevaba guardado en lo más profundo de mi ser. Y tuve miedo. Miedo de seguir descubriéndome mi verdadero “yo” en aquellos dos personajes, en cada uno de sus defectos y equivocaciones.

Sentía que no tenía la fuerza para seguir, que no iba a poder.

Y fue cuando llegó la ayuda. Y no puedo decir la típica frase “la ayuda menos pensada”, porque desde el primer momento estuvo conmigo animándome y apoyándome. No sólo en el desarrollo de esta historia, sino en las otras que fueron creadas años anteriores.  

Es increíble cómo las personas pueden conectarse y sentirse unidas a pesar de la distancia y a través del tiempo. Y fue gracias a esa conexión, que la historia salió del pozo y siguió adelante.

Y siguió haciéndose más oscura… más triste, complicada. Seguí explorando los sentimientos más profundos, escarbando en los miedos e inseguridades de los personajes, que no eran más que un reflejo de los míos.

Varias veces terminé llorando sobre el teclado. Y tenía que dejar pasar unos cuantos días para poder recuperarme y seguir.

Y ahí volvía a aparecer la ayuda, en forma de unos cuantos “tironcitos” cariñosos, así recuperaba la energía y podía seguir.

 

Así es la vida, un ciclo de momentos, sentimientos, vivencias…

Personas que se cruzan en tu camino, algunas se quedan, otras se van y no vuelves a verlas nunca más. Pero, todas significan algo. Todas dejan una enseñanza, aunque sea mínima. Todas cambian tu existencia en mayor o menor medida.

Aprender de esas personas, de lo bueno o malo que te dejaron, eso es vivir”

 

Y agradezco al destino que se las arregló para cruzar nuestros caminos, aunque sabemos que en realidad fue el “Hitsuzen”, porque estaba escrito que teníamos que conocernos.

Y quiero que sepas, que lo que hoy soy capaz de escribir es gracias a ti, que estuviste desde el principio para decirme que podía. Confiaste en mí. Nunca dejaste de alentarme, ni de empujarme cuando lo necesitaba.

Quiero darte las gracias por hacer de mí el espíritu escritor que soy.

Y no bastan las palabras, ni las historias. Nada es suficiente para expresar lo que te debo.

Sólo puedo hacerte una promesa: que las historias van a seguir. Y que vendrán muchas más.

 El zorro va a seguir creando muchos, muchos mundos, para reír, enamorarse y llorar. Y en cada palabra que escriba, va a pensar en el girasolito que allá lejos, a muchos kilómetros de distancia, nunca dejó de creer en él.