Recuerdo cuando me llevaban al cine para ver las clásicas películas de Disney. Lo recuerdo muy bien porque amaba ver las imágenes en esa pantalla gigante y el sonido que hacía temblar hasta las butacas. Con mi gaseosa y golosinas, que debían durar exactamente hasta que la película terminara, veía con ojos brillantes de emoción la historia que se desarrollaba ante mis ojos.
Fue una época en la
que salieron varios clásicos “Blancanieves”, “La Cenicienta” y “La bella
durmiente”, entre otros. Religiosamente asistí a verlos, siempre con la misma
alegría, aunque salía haciéndome un montón de preguntas:
¿Por qué la
princesa siempre se metía en problemas? ¿Por qué era necesario que un príncipe
viniera a rescatarla?
¿Por qué siempre la
película terminaba cuando se casaban?????
No recuerdo cuántos
años habré tenido, pero era una niña. Y como tal, absorbía todo lo que veía,
escuchaba y leía por ahí. Y, aunque esos cuestionamientos sobre las “princesas
inútiles” (así las llamaba dentro mío) continuaba, pensaba que estaba
equivocada. Porque a mi alrededor, todas las niñas querían ser esas princesas,
conocer a su príncipe azul (¿por qué “azul”?, nunca lo supe), casarse y ser
felices por siempre.
Estoy segura, o
quiero creer, que el propósito del señor Disney fue muy bueno en su mente, pero
déjeme decirle, señor, que arruinó la vida de millones de niñas en el mundo,
por GENERACIONES.
Porque crecimos
pensando que nuestra vida nunca estaría completa si no nos rescataba ese hombre
perfecto, inmaculado y de peinado corto y engominado; nos daba el dulce beso
del verdadero amor y nos llevaba a su castillo a ser felices.
Como es obvio,
nunca encontré ese príncipe azul. Ni azul, ni marrón, ni violeta. Pero muy a mi
pesar, debo confesar que en una época lo busqué. Era muy difícil sentirse
siempre en contracorriente, viendo que todos apuntaban en un sentido y mientras
yo iba en el contrario. Ser el “bicho raro”, la “oveja negra”, que rompía los
esquemas establecidos de una sociedad a la que sólo le importan las apariencias.
Los años me
demostraron que mi destino siempre sería ir en contracorriente, afortunadamente
ahora ya no me importa.
A pesar de todo lo
anterior, no crean que soy una amargada y resentida con la vida. Nada más
alejado de la realidad. Creo que existen los cuentos de hadas, creo que existen
amores perfectos y finales felices… sólo que a veces no duran para siempre.
Algunos terminan a los pocos años, otros apenas en meses.
Pero, si son
sinceros, si en ese tiempo ambas partes brindan lo mejor de cada uno, siempre
serán perfectos. Aunque terminen.
Y eso es lo que
importa.
Y si, a veces vamos
a necesitar que nos rescaten, pero nunca esperemos como una princesa en una
torre, con el vestido impecable, el cabello rizado y el pañuelito de seda. Espantemos
a todos los príncipes azules, no sirven para nada, les aseguro. Bajémonos de la
torre por nuestra cuenta. El rescate llegará en forma de apoyo, en el hombro
con hombro, en luchar a la par.
¡Ah! Y hay otra
cuestión muy importante, por lo menos para mí.
No todos estamos
destinados a caminar de a dos. La vida a veces nos regala compañeros que nos
acompañan durante una parte del trayecto, para después seguir por otro rumbo. Y
a veces nuestro destino es caminar solos, sin que eso signifique que sea un
camino triste.
Los cuentos de
hadas, el amor perfecto y los finales felices también pueden tener un solo
protagonista.
A veces quisiera
tener el poder de volver años atrás, a encontrarme a mí misma de niña y
decirle, cuando salía confundida del cine: “no
te preocupes, no tengas miedo. No importa si todos piensan distinto, no estás
equivocada. No necesitas ser una princesa Disney”.
Me hubiera ahorrado
grandes disgustos, equivocaciones y dolores de corazón.
Pero bueno, la vida
se encargó de decírmelo de otra manera… más dolorosa y brutal, pero igual de
valiosa.
Hoy en día las
princesas Disney han cambiado y eso me da muchísima felicidad… y alivio. Espero
que nunca más hayan niñas esperando ser rescatadas por un príncipe perfecto que
les de el beso del verdadero amor y las lleve a vivir a su castillo.
Somos capaces de
ser felices por nuestra cuenta.
Construyamos nuestro propio cuento de hadas.