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21 febrero, 2026

Eklipse (Precuela de SIT)

 


Vorwort (Epílogo)

 

No tuve la necesidad de que hablaras para saber que habías regresado. Reconozco el sonido de tus pasos, inaudibles a los oídos normales. Puedo vislumbrar el brillo de tus ojos, aun cuando todo a mi alrededor se encuentre en penumbras. Pero, sobre todo, puedo sentir tu presencia.

Te espero en silencio, aguardando el momento en que me llegues a mi lado. La espera de tres horas se hizo eterna, no me gusta estar lejos de ti.

Y sé que sientes lo mismo, por la forma en que me abrazaste, apretándome contra tu pecho.

—Lo encontré. Y está muy cerca de aquí.

Es todo lo que dices. Y, casi sin separarnos, comenzamos a caminar por la calle solitaria, hasta llegar frente a una pequeña casa, cuyas paredes están cubiertas por musgo y enredaderas.

Sonrío.

—¿Qué te parece?

—Me gusta mucho.

—Es pequeña, pero nos servirá. Ven a verla por dentro.

Muy pocos muebles, una chimenea, libros… Si, era bastante pequeña, pero me pareció perfecta. No podía dejar de sonreír.

Fuimos al jardín, en donde encontramos una de esas hamacas mecedoras. Ya podía imaginar lo hermoso que sería ver todas las noches la luna desde ese lugar.

—¿Podemos vivir aquí?

—Claro, está todo arreglado.

Mi sonrisa desapareció al instante, y bajé la cabeza para que no vieras mi rostro. Pero, fue inútil. Puedes saber lo que siento con solo tocar mi mano.

—Era solo un anciano. Vivía solo y no tenía familiares. Me ocupé de averiguarlo a fondo para no volver a tener problemas. Y no sintió absolutamente nada, como te lo había prometido.

Mi sonrisa volvió a emerger. Sólo tú puedes hacerme cambiar de ánimo en segundos.

—Gracias…

Nos acomodamos en la hamaca, meciéndonos suavemente. Sentí tus dedos en mi cuello y un escalofrío recorrió mi espalda. Cerré los ojos y tu frío aliento rozó mi piel, erizándola.

No pude evitar emitir un leve quejido de dolor, aún no me acostumbro a ese ritual, en donde te ofrezco mi ser, mi esencia, mi vida…

Acaricio con ternura tus cabellos, para asegurarte que estoy bien, que puedes seguir. El dolor ha desaparecido, no siento absolutamente nada, excepto el contacto de tus labios, moviéndose con cuidado.

Poco a poco me voy a adormeciendo, y es cuando te detienes. Besas el lugar de la herida, que no tardará en cerrarse sin dejar cicatriz y vuelves a acomodarme entre tus brazos.

—¿Quieres ir a la habitación?

—No. La noche es tan hermosa… no recuerdo cuándo fue la última vez que vi una luna tan grande.

—Es verdad.

—Espero que podamos quedarnos aquí por siempre… —bostezo, acurrucándome. Lo último que siento antes de quedarme dormido, es tu voz grave en mi oído:

—Así será…

 

Neumond (Luna Nueva)

 

La joven se movió al compás de los últimos acordes. La luz blanquecina fue atenuándose hasta desaparecer, dando por finalizada la función. Se escucharon algunos gritos y aplausos de los hombres que observaban el espectáculo.

—Hoy no ha sido una buena noche —pensó, mientras juntaba los pocos billetes que estaban a su alrededor —Esta altura del mes es fatal.

Descendió de la tarima, ocultando un bostezo. Eran casi las seis de la mañana y el bar estaba desierto. Desperezándose, caminó hasta la barra.

—Edgar, ¿tienes un poco de…? —comenzó a decir, pero se interrumpió al ver a un hombre que no conocía —¿Y tú quién eres?

—Mi nombre es Dan Preiss, señorita. Es un gusto conocerla.

—Un gusto —sonrió —¿Qué pasó con Edgar?

—No lo sé. Hoy es mi primer día aquí, mejor dicho, mi primera noche —respondió, sirviéndole una taza de café.

—¡Gracias! ¿Cómo supiste que quería café?

—Un presentimiento —sonrió.

—Oye, Maira, ¿tienes un cigarrillo? Necesito nicotina ya mismo —exclamó otra mujer que, al ver al nuevo empleado, también se quedó sorprendida.

—Parece que nuestro jefe hizo una nueva incorporación. Dan, ella es Zoe. Zoe, Dan.

—Hola… —saludó la eludida, con una gran sonrisa.

—Es un gusto conocerla, señorita.

—¡Qué caballero! ¿Escuchaste, Maira? Dan, ¿cuántos años tienes? ¿Eres casado?

—Hay algo que se llama “sutileza” … y parece que careces completamente de ella, compañera.

El hombre sólo sonrió, alejándose para terminar de acomodar las botellas y copas.

—Ese tipo es un bombón, ¿no te parece?

—A ti cualquier hombre te parece un bombón —rio Maira, aspirando la fragancia del café.

—Pero, no me vas a negar que es guapo.

—Hmm… regular.

—Eres demasiado exigente. Cuando llegues a mi edad, pensarás diferente.

—Cuando llegue a tu edad, espero estar muy lejos de este lugar —pensó, sin expresarlo en voz alta para no ofender a su compañera.

Media hora después, Maira salió al exterior. La luz de la mañana le dio en pleno rostro, encegueciéndola por un instante. A sus oídos llegó el sonido de los autos, las sirenas…

La ciudad estaba despertando.

Apretó el paso, quería llegar lo antes posible para ducharse y comer algo. Bailar toda la noche le quitaba gran parte de sus energías, aunque no podía negar que le gustaba hacerlo. Y, aunque la paga no era tan buena, era el mejor trabajo que había podido encontrar. Por lo menos era un trabajo con sueldo, no como…

Entró al edificio encontrándose con que el ascensor no funcionaba… otra vez.

—Ese inútil del conserje me va a escuchar —protestó, quitándose las botas. No pensaba subir seis pisos con tacos de ocho centímetros.

—Buenos días —escuchó cuando al fin pudo llegar a destino.

—Buenos… días…

—¿El ascensor de nuevo?

—Si… ¿No puedes intentar arreglarlo? Estoy harta de esas escaleras.

—¿Y por qué piensas que puedo hacerlo?

—Vamos, puedes arreglar cualquier cosa. ¿No hiciste funcionar la computadora del jefe ayer?

—Era una computadora. Sé de esas cosas. Pero no tengo la menor idea de cómo funciona un ascensor. Y tampoco las ganas para averiguarlo.

—Oh, por favor, compañero… ¿por favor? —suplicó, mirándolo con una sonrisa.

—Tus tácticas de seducción no funcionan conmigo, niña. No soy uno de esos hombres que van a verte a ese antro.

—Eres malvado.

Pasaron unos minutos de silencio, en los que Maira se dedicó a suspirar pesadamente, hasta que el muchacho se levantó de un golpe.

—¡De acuerdo! Deja de suspirar, veré que puedo hacer.

—Eres un encanto —le dijo sonriendo —El mejor de todos.

—Pero, lo haré después de terminar con esto. Debo entregarlo esta tarde.

—¿Qué es? —preguntó, acercándose curiosa- Parece una especie de… gps.

—Algo así. Es un sistema de localización satelital de alta precisión. Puede localizar un blanco a varios cientos de kilómetros con mucha precisión.

—Vaya, ¿quién te lo encargó?

—La policía de la ciudad.

—Esos inútiles de nuevo. No sé por qué el jefe insiste en trabajar con ellos.

—Porque nos pagan.

—Ni siquiera se puede llamar pago a la miseria que nos dan. Y nunca nos dan crédito por lo que hacemos.

—Deja de protestar, niña.

—¿Cuándo me llamarás por mi nombre?

—Cuando elijas un nombre decente y no… ese.

—Oye, oye. El jefe dijo que podíamos tener el alias que quisiéramos. Yo acepto el tuyo.

—Porque uso mi verdadero nombre, por eso.

—Porque eres un aburrido —resopló. En ese momento se abrió la puerta e ingresó un hombre joven, rubio, que los saludó mientras dejaba su portafolio sobre la mesa.

—¡Buenos días jefe! —saludó Maira llevándose la mano a la frente en un saludo militar —¿No te cansaste de subir las escaleras?

—¿Escaleras?

—¿Acaso no…? ¡Ah, no! ¡No es justo!

El rubio sonrió, quitándose el saco.

—¡No se vale que uses “eso”!

—Dime una razón.

—Porque… pues porque… ¡Yo no puedo hacerlo!

—Lo siento. Hablé con el encargado y prometió arreglarlo de inmediato. ¿Crees que podrás terminarlo a tiempo? —preguntó, acercándose al otro muchacho, que había vuelto a enfrascarse en su trabajo.

—Por supuesto.

—Perfecto.

—Oye, jefecito, ¿algún trabajo en la mira?

—Por ahora, no —respondió —Pero, no te preocupes. El Sargento Tawson está muy satisfecho con nuestros trabajos anteriores. Estoy seguro de que algo saldrá.

—Eso espero.

—Te ves muy cansada, ¿Por qué no vas a dormir un poco?

—Si, eso haré. Nos vemos al mediodía.

—Te preocupa esa chica, ¿verdad?

—Si… no debería dejar que siga en ese bar. Ese ambiente no es bueno.

—No podrás convencerla de lo contrario, es terca como mula.

—Mira quién lo dice, otro terco —rio, al verlo luchar con un diminuto circuito —No te esfuerces. Sé que puedes hacerlo.

—Te dije que lo tendría terminado a la tarde y así será.

—De acuerdo —sonrió, levantándose —Iré por una taza de café, ¿quieres?

—Si, gracias.

El rubio no había dado ni dos pasos cuando escuchó nuevamente la voz de su compañero:

—Wind, ¿realmente crees que esos tipos de la policía nos tendrán en cuenta?

—Confía en mí, tengo la sensación de que el SIT entrará en acción muy pronto.

 

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Había recorrido la casa sin encontrarlo. Estaba comenzando a preocuparse, cuando se le ocurrió ir al jardín. Ahí lo encontró, acurrucado sobre la hamaca mecedora, dormido.

—Debes estar muerto de frío —murmuró, tocando suavemente su rostro. El contacto hizo que el durmiente despertara, reconociéndolo al instante.

—Llegaste…

—Si. ¿Qué se te metió en la cabeza para dormirte acá?

—No quería dormir. Pensé en esperarte y traje unos libros, pero… me dio sueño… —contestó, bostezando.

—Estás helado.

—¿Cómo puedes saberlo? Tú siempre estás helado… —volvió a bostezar.

—Simple, puedo sentir la temperatura de tu sangre —contestó, tomándolo en sus brazos.

Cuando llegó al cuarto, depositó su pequeña carga sobre la cama, cubriéndolo con una gruesa manta.

—¿Vienes conmigo?  —escuchó por lo bajo.

El hombre sonrió, acostándose a su lado.

—¿La ciudad es grande? ¿Hay muchas personas?

—Es más grande que todas las que hemos recorrido hasta ahora.

—¿Y ese lugar donde trabajas? ¿Cómo es?

—Bastante ruidoso.

—Quisiera trabajar también. ¿Por qué no puedo ir contigo?

—Ni en mil millones de años te llevaría a ese lugar —contestó con firmeza, suavizando de inmediato su voz al ver que el par de ojos turquesas se habían abierto de repente.

—Dan…

—¿Sí?

—Estás muy pálido.

—¿Lo crees? —exclamó, sonriendo al sentir dos manos que tomaban su cabeza.

—Ayer te alimentaste muy poco... quiero que hoy lo hagas bien, ¿de acuerdo?

—De acuerdo…

 

” —Un niño como tú no debería caminar solo en la noche por estos callejones. Es muy peligroso…

El joven miró a su alrededor, tratando de descubrir de dónde provenía la voz. Pero, parecía surgir de todos lados al mismo tiempo.

—¿Quién eres? —preguntó.

—¿Para qué quieres saberlo?

—Es deber de todo caballero presentarse ante un desconocido.

—Caballero jajajaja —la risa retumbó en sus oídos—Eres un pequeño muy gracioso.

Apretó el paso para salir cuanto antes de aquel sombrío lugar. Pero, antes de que pudiera dar más de tres pasos, una gran fuerza lo empujó hacia atrás.

—Ahora el maleducado eres tú, que me dejas hablando solo.

De la nada surgió una figura vestida de negro. Al verlo, el joven retrocedió hasta quedar contra la pared.

—No intente acercarse. ¡Déjeme pasar!

—¿Y si me niego?

—Lo lamentará. Mi padre lo mandará matar.

—La muerte… qué interesante… ¿Acaso no sabes lo que soy yo?

—No me interesa lo más mínimo.

-Eres demasiado insolente para ser tan joven —rio la figura —Pero, me has resultado muy divertido, así que te daré un premio. Prometo que no sentirás absolutamente nada.

—Sent… ¿Qu…qué?... ahh…  —fue lo único que pudo decir. La sensación de un pinchazo en el cuello y nada más. Todo se volvió negro.

La figura permaneció sobre el cuerpo de aquel joven hasta sentir que los latidos del corazón se hacían cada vez más débiles, deteniéndose por completo poco después.

—No había notado que tu rostro era tan bonito —murmuró, acariciando los negros mechones que caían sobre la piel, ahora blanca. El cuello, cruelmente marcado por dos orificios, dejó salir las últimas gotas de sangre, que la figura tomó con sus dedos —Que sabor tan delicioso. Hace mucho que no disfrutaba de esta manera. Has sido una magnífica presa.

Se levantó, dejando el cuerpo inerte en el suelo. Ahora sólo era un cascarón vacío. Con satisfacción, comenzó a alejarse, cuando una débil voz a sus espaldas lo paralizó:

—Mal… dito…

—¿Qué demonios…?

Al darse vuelta, vio que el joven se había puesto de pie. No podía ser posible. Debía ser una broma de su imaginación. Hasta que un fuerte golpe en su mejilla lo hizo reaccionar.

—¡Maldito pervertido! —nuevo golpe, esta vez en el pecho- —¿Cómo te atreves a tocarme?!!

—No puede… ser…

—¡Haré que te ahorquen!!!!

—¿Cómo es posible? —exclamó atónito, frenando los golpes del furioso muchacho para observarlo detenidamente. La herida en su cuello había cerrado.

—¡Suéltame, demente!!

 La figura lo miró atónita.

—¿Qué…? ¿Qué eres tú?”

 

—¿Estás bien? —preguntó Dan, sacándolo de su ensoñación.

—Si, sólo estaba… recordando.

—¿Recordando? ¿Recuerdo bueno o malo?

—Bueno. Muy bueno —sonrió.

—Me alegro.

—¿Dormimos?

—¿No dormiste suficiente ya?

—Tal vez, pero ahora quiero dormir contigo.

—De acuerdo —respondió, abrazándolo. El pequeño cuerpo volvía a tener la calidez habitual, contrastando con lo frío que debía estar el suyo. Miró de reojo la luz que entraba por las ventanas, pensando en lo irónico de estar durmiendo cuando el mundo exterior se estaba despertando a la vida.

Pero, al fin y al cabo, el mundo exterior había dejado de importarle hace mucho, mucho tiempo…

 

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“Lo había seguido durante días, olvidándose de todo. Mañana, tarde y noche, observaba cada movimiento suyo.

Era una obsesión que no le daba respiro.

¿Cómo podía seguir vivo? Él mismo había comprobado su muerte: sin latidos, sin respiración… había absorbido cada gota de sangre… para después levantarse como si nada hubiera ocurrido.

Y lo que no podía entender era que ese chico seguía siendo humano.

No, era algo que no tenía sentido.

Al principio pensó informar a la Sagrada Legión, pero un presentimiento le dijo que esperara. Un hecho como el que acababa de descubrir causaría una verdadera revolución. Y podría resultar contraproducente. Antes de abrir la boca, debía llegar al fondo de la cuestión. Así que decidió convertirse en su sombra.

Lo había seguido durante días, olvidándose de todo. Mañana, tarde y noche, observaba cada movimiento suyo.

No le fue difícil aprender sus movimientos. El chico se pasaba encerrado la mayor parte del día, leyendo, o simplemente mirando por la ventana. Tampoco hablaba con mucha gente, sólo con la doncella que se encargaba de limpiar su habitación.

Como hijo único de la prestigiosa familia Preist, no debía tener mayores obligaciones más que seguir las instrucciones de su padre y comportarse de forma correcta ante la sociedad. Y, por la forma descarada en que le había hablado, suponía que no debía estar muy conforme con su suerte.

—¿Qué más necesitas? Tienes el mundo al alcance de tu mano —dijo la figura, observándolo desde lo alto de un árbol.  En ese momento el chico se encontraba recostado sobre el marco de la ventana, bostezando.                                                                                                                                          

Una sonrisa se dibujó en su rostro y comenzó a descender, tan silenciosamente, que no se percató de su presencia hasta que estuvo frente a él.

—¡Eres…! ¿Qué haces aquí? ¡Llamaré a…!!!

—Por dios, deja de gritar, vas a dejarme sin tímpanos —rio, acomodándose en el marco de la ventana —No te haré daño.

—¿Y piensas que voy a creerte???

—¿Qué pasó con lo de hablarme en tercera persona? Tomas confianza muy rápidamente—continuó riendo, al ver que el chico había agarrado un libro y lo blandía, amenazante.

—Eres un monstruo… no pienses que voy a tenerte respeto.

—Ah, así que ya sabes quién soy. ¿Lo averiguaste por ti mismo?

—No fue muy difícil —contestó, retrocediendo al ver que la figura metía la mano en su bolsillo— Todos en el pueblo conocen a los de tu especie.

—Si, somos bastante famosos— continuó, sacando una pipa — ¿Fumas?

El chico movió la cabeza, acercándose sin perder de vista al sujeto. Tenía curiosidad de ver su rostro, oculto bajo la capucha negra.

—Dime una cosa— la figura exhaló una larga bocanada de humo, sonriendo al ver que el chico pegaba un salto hacia atrás— ¿Le has contado a alguien lo que pasó?

—No… sólo dije que me habían asaltado unos ladrones. Ah, por cierto. Gracias a ti, tengo prohibido salir sin escolta— protestó, frunciendo el ceño.

—Lo siento —rio —Mi intención era matarte, no causarte problemas.

El chico abrió la boca para responder, pero se contuvo. En vez de eso, preguntó, con voz sombría:

—Ese día… ¿por qué me dejaste vivo?

—¿Vivo? ¿Aún no lo entiendes, criatura? Yo te maté, ¿lo entiendes? Dejaste de respirar, tu corazón se detuvo.

—No puede ser…

—Créeme. Se diferenciar entre humanos vivos y muertos. Lo hago todos los días.

—¿Entonces…?

En ese momento, se escucharon golpes en la puerta y, antes de que el chico pudiera hablar, una doncella ingresó para anunciar que su profesor de literatura había llegado.

—Gracias… iré enseguida.

La figura se había esfumado sin dejar rastros, dejándolo aterrado con la declaración que le había hecho.

¿Debería creerle? Su sentido común le gritaba que no, pero… ¿y si en realidad…?

No, no podía ser posible.

Acudió a su clase sintiéndose enfermo y con náuseas. Ni siquiera se preocupó en aparentar que estaba atendiendo la lección. Su mente estaba totalmente ausente.

—Joven Eidan, ¿me puede hacer el favor de prestar atención?

—Lo siento… no me siento muy bien, profesor.

—¿Está enfermo? ¿Quiere que haga llamar a un médico?

—¡No! No es necesario.

-Entonces, trate de concentrarse en la lectura.

—Profesor… —interrumpió pocos minutos después— ¿Qué sabe de esos seres que habitan esta ciudad?

—¿Seres?

—No sabía de su existencia hasta… hace poco. Sabe a lo que me refiero.

- Si, sé a qué se refiere, joven. Esos asesinos que se reúnen bajo el nombre de la “Sagrada Legión”.

—¿Qué… son?

—Nadie sabe muy bien lo que son. Se alimentan de sangre, y parece serles particularmente agradable la de los seres humanos.

—¿Por qué se les permite matar a personas? No puedo creer que nuestro gobierno…

—Es muy joven para comprender ciertas cosas. Esos monstruos viven aquí desde tiempos inmemorables. Son mucho más antiguos que nuestra ciudad, y, por lo tanto, los verdaderos dueños de esta tierra.

—Aun así, son asesinos. ¿Por qué no se los condena a muerte? Estamos viviendo bajo el dominio de monstruos.

—No debería preocuparse. Esos monstruos como lo llama, también tienen sus códigos. Han establecido una especie de “pacto” con nuestro gobierno, un pacto que lleva siglos manteniéndose, y que asegura el bienestar de todos los habitantes honrados de la ciudad.

—¿Qué quiere decir con eso?

—El pacto dice que pueden alimentarse libremente, pero de cierta “clase” de personas, que el gobierno dispone.

Un escalofrío recorrió la espalda de Eidan al escuchar esa frase. No se atrevió a preguntar cuál era la “clase” de personas a la que se refería, ni como eran elegidas para ser alimento de esos seres.

—Bien, dejemos a un lado estas cuestiones y volvamos al estudio —continuó, mirándolo sombríamente al continuar —Su padre no debe enterarse de esta conversación. Sólo cuando cumpla la mayoría de edad, será informado por el gobierno de la Sagrada Legión y el pacto. Mientras tanto, debe seguir como si nunca hubiera oído de esos seres, ¿entiende? Además, como integrante de la familia Preist, su bienestar está asegurado…

— “El pacto dice que pueden alimentarse libremente, pero de cierta clase de personas que el gobierno dispone…”

No podía sacarse esa frase de la cabeza. Su ciudad vivía rodeada de asesinos que podían atacar cuando quisieran. Y a nadie parecía importarle, por lo menos en sus años de vida nunca había escuchado de sus padres o las personas de su casa algún comentario al respecto.

— “Además, como integrante de la familia Priest, su bienestar está asegurado…”

Quería decir… que su familia había aceptado ese pacto. ¿A qué precio? No quería ni imaginarlo. ¿Cuántas vidas se habrían sacrificado para proteger la suya?

Era demasiado macabro para ser real… pero lo era. Un nuevo mundo se había abierto ante sus ojos.

El resto del día permaneció en cama, aturdido, asustado… y con un sentimiento de total aborrecimiento contra su familia, con todos los que lo rodeaban. El hecho de seguir vivo cuando debería haber muerto, había pasado a un segundo plano. Ya no se preguntaba el por qué, no le interesaba existir en una sociedad en donde unos pocos decidían el destino de cientos de personas.

¿Bajo qué concepto? ¿Cómo se basaban en esa decisión?

La cabeza le explotaba. Sólo podía dar vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño.

Ya casi anochecía cuando decidió salir al parque. Necesitaba tomar aire, escapar de aquellas cuatro paredes que lo estaban asfixiando.

—Es inútil —se dijo, tomando asiento al borde de una de las tantas fuentes —No puedo dejar de sentir asco de mi propia familia…

—Son palabras muy fuertes para un niño.

Nuevamente esa voz. No necesitó darse vuelta para ver de quién se trataba. Ni siquiera intentó escapar. ¿Para qué? Ya nada tenía sentido.

La figura tomó asiento a su lado, encendiendo su pipa. Pasaron varios minutos sin que ninguno de los dos emitiera palabra, hasta que Eidan habló:

—Sé lo del pacto. Dijeron que mi familia está… protegida. ¿Es verdad?

—Así es.

—¿Por qué me atacaste entonces?

-Es muy sencillo. No debías estar en la calle, solo, y en completa oscuridad. Nunca podría haberte reconocido como integrante de una familia protegida. ¿Duda resuelta?

—¿Cómo deciden quién está protegido y quién no?

—¿Acaso comienzas a tener remordimiento de conciencia?

—Sólo contéstame.

—No tengo por qué responder eso. No tienes implicancias en las reglas del pacto.

—¡Pero, quiero saberlo!!

—¿Para qué? No puedes hacer nada.

—Por favor, necesito saberlo…

—Con una condición, quiero alimentarme de ti nuevamente.

El joven lo miró, abriendo los ojos. Su corazón comenzó a latir descontrolado y por unos segundos se cortó su respiración.

—¿Vas… a matarme?

—Quisiera decirte que me detendré antes, pero no puedo asegurarlo. Tu sangre es demasiado deliciosa —sonrió —Pero, puedes negarte si quieres. Como eres un caso especial, te dejaré tomar esa decisión.

—¿Responderás mi pregunta antes de… hacerlo?

—Te doy mi palabra.

—De acuerdo. Acepto.

El extraño se sorprendió al ver que el joven accedía sin titubeos. ¿Era consciente realmente de lo que había hecho?

—¿Estás seguro? No voy a detenerme después, por más que llores y supliques.

—No voy a hacer eso—respondió, irguiéndose ofendido, olvidando el miedo que había sentido hace unos instantes.

La figura se echó a reír, para luego aspirar lentamente la pipa, exhalando estelas de humo.

—El pacto se firmó siglos atrás, cuando la ciudad se estableció en estas tierras. Las primeras familias que se asentaron, llegaron escapando de la guerra y la peste. En poco tiempo comenzaron a construir el pueblo, que se volvió próspero rápidamente. Cuando comenzaron a producirse las primeras muertes, todos creyeron que la peste había alcanzado al pueblo. El pánico se apoderó de todos y pensaron en abandonarlo, como lo habían hecho antes. Fue entonces que hicimos nuestra “presentación en sociedad”. Expusimos nuestras necesidades y el mismo consejo de gobierno propuso hacer el pacto, de manera que las dos partes quedaran conformes. De esa manera, nosotros tendríamos alimento y el pueblo podría seguir viviendo aquí sin problemas.

—Podrían haber matado a todos, ¿por qué no lo hicieron?

—¿Por qué los humanos crían animales en rebaños? —exclamó, sonriendo —Para tener comida para abastecerse a lo largo del tiempo. Antes, debíamos viajar largas distancias para alimentarnos. Era cansador, y muchas veces teníamos que conformarnos con animales silvestres, que no son muy agradables al paladar, te lo aseguro. Cuando el pueblo se estableció, vimos la posibilidad de tener una fuente inagotable de “provisiones”.

—¿Qué hubiera pasado si el pacto no se firmaba?

—Todo el pueblo hubiera muerto, por supuesto. Pero, sabíamos que aceptarían. El instinto humano de supervivencia saca a flote muchas características interesantes. Y el hombre más honrado no duda en sacrificar a su par si con ello mantiene la vida.

—Entonces, ¿la protección se obtiene con dinero?

—Si. El gobierno cobra impuestos a todos aquellos que desean obtener la protección. Y los que no tienen con que pagar… ya sabes.

El joven bajó la cabeza, apretando los puños con rabia. Su padre, que conformaba el Consejo de Justicia de la ciudad. Su madre, que presidía el grupo de beneficencia y caridad.

Asesinos. Todos eran asesinos…

El sujeto observaba el comportamiento del joven con curiosidad. Se había topado con cientos de humanos del Consejo, y todos habían aceptado el pacto sin objeciones. Y ese niño frente a él, se rebelaba con asco y odio a la verdad, sin importarle que, en pocos minutos, tal vez podría perder la vida.

—Bien, cumplí mi parte —exclamó de repente. No tenía sentido sentir compasión por una presa tan deliciosa.

Eidan extendió su brazo, susurrando:

—¿Puedo pedirte un último favor? ¿Podrías…?

—¿Usar tu muñeca en vez del cuello? De acuerdo, sólo porque resultaste ser el humano más interesante que conocí en mi vida.

—¿Has vivido mucho tiempo? —preguntó, mientras el sujeto desabrochaba los botones de la camisa. No quería que sintiera que estaba aterrado, aunque el temblor en su voz lo delataba.

—Más de lo que puedo recordar. ¿Estás listo? -—Eidan asintió, con un nudo en la garganta y cerró los ojos al sentir los dientes introducirse en su piel. Como aquella vez, sólo había sido un pinchazo fugaz, pero ahora podía ver como su sangre era bebida con lentitud por aquel sujeto.

Cerró los ojos, todo acabaría en unos segundos. Por lo menos ahora estaba tranquilo, y sentía que el sueño lo iba dominando rápidamente. La última imagen que cruzó por su mente fue la de su familia, su padre tomándolo en brazos cuando era un bebé y la risa de su madre. Luego, todo se oscureció.

El sujeto tomó en sus brazos el cuerpo inerte, observando con cuidado. No se dejaría engañar otra vez. Pero pasaron varios minutos y nada cambió. El rostro seguía blanco, el corazón inmóvil y la respiración ausente.

—Parece que esta vez si te maté —sonrió, pero de manera triste. No podía negar que se había encariñado de alguna manera con ese chico. Era demasiado diferente a los demás. Casi no parecía humano.

Cómo él…

—Tendré que alejarme algún tiempo de aquí. A la Sagrada Legión no le gustará saber que ataqué al pequeño Eidan Priest.

Debía dejar el cuerpo e irse, pero permaneció sosteniéndolo en brazos, sin perder la esperanza de que volviera a la vida.

Varios minutos más, sin cambios.

—Esto me pasa por tomarle cariño a la comida —rio, convenciéndose al fin que el chico estaba muerto. Pero, cuando estaba por depositarlo en el suelo, sintió un leve golpeteo en el pecho. Apoyó su oído en el pecho del joven. No había duda. Era muy leve, pero el corazón había comenzado a latir nuevamente.

—¡Qué me lleven todos los demonios…! —rio, cuando notó que los colores volvían al pálido rostro. Poco después, el joven abría los ojos —Eres imposible de matar, ¿sabías?

Eidan lo miró fijamente, sin poder reconocer el rostro que estaba muy cerca de él. El rostro de un hombre joven, de ojos negros, que lo miraba con una gran sonrisa.

—No sé qué eres, pequeño, pero no eres humano. De eso estoy seguro…

 

Erstes Viertel (Cuarto Creciente)

 

La sombra atravesó el pasillo del edificio, mirando los números de los cuartos. Al llegar frente al que buscaba, abrió la puerta.

Todo estaba en penumbras, pero se guió por los gemidos que se escuchaban del dormitorio.

—Es tan fácil encontrar tu paradero, amigo mío —exclamó al hombre que se encontraba en la cama sobre una mujer desnuda —Sólo tengo que seguir los gritos de tus mujerzuelas.

—Y tú siempre llegas en los momentos más apropiados.

—¿Quién… es ese hombre?

—Ignóralo, cariño. Sigamos en lo nuestro —murmuró, acelerando el ritmo. La mujer arqueó la espalda, sumiéndose en un profundo orgasmo. Cuando llegó al clímax, gritó al sentir que mordían su cuello. Pocos minutos después, yacía inconsciente.

—No entiendo tu jueguito con los humanos, Emmanuel. ¿No podrías solo matarlos y ya?

—No lo entiendes porque eres un troglodita. En cambio, yo soy un artista —sonrió, comenzando a vestirse —No sabrías disfrutar del sabor de la sangre de una mujer al momento de entrar en éxtasis. Hay que saber disfrutar de la vida, amigo.

—Yo solo quiero terminar con esta misión de una vez por todas. La Sagrada Legión está impaciente. Hace tanto tiempo que estamos en esto, estoy harto.                                                                                                                                                                                                                                                                                                            

—¿Mucho tiempo? ¿Cuánto es mucho tiempo? ¿Un año? ¿Un siglo? ¿Cuál es la diferencia? Escucha, Paul, esta ciudad me agrada. Es ruidosa, alegre, con mujeres dispuestas a entregarse por un par de copas. No sé tú, pero yo pienso aprovechar la situación antes de volver a nuestro aburrido pueblo.

La mujer comenzó a moverse lentamente, como despertando de un sueño.

—Otra vez la dejaste viva.

—Ya obtuve lo que quería. Deja de criticarme y comencemos a trabajar.

 

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—¿Una misión? ¿Una verdadera misión? —exclamó Maira emocionada cuando Wind les informó la noticia.

—¿Y la policía nos dejará encargarnos de todo? Qué extraño.

—Hay una razón, Randall. La policía está desconcertada y no sabe qué hacer. Hace tres meses se vienen reportando asesinatos en la ciudad y no parecen detenerse.

—¿Algún patrón en particular?

—Al parecer no. Los cadáveres son de distintos sexos y edades. No parece tener preferencia por ninguno —y diciendo esto, extendió varias fotos sobre el escritorio.

—Qué horror —murmuró la joven al ver el cadáver de tres niños, al parecer hermanos.

—Sin embargo —continuó el rubio —lo que más llama la atención, es que han llegado a los hospitales, docenas de mujeres con dos orificios en el cuello.

—¡Cómo si las hubiera mordido un vampiro!

—Niña, estamos hablando de algo serio —cortó Randall.

—¡No me llames niña! Mira estas fotos, ¿no te hace acordar a las películas de vampiros? —dijo molesta, mostrándole las imágenes de las mujeres, con su cuello marcado por las dos heridas.

—Tal vez no sea tan descabellado lo que ella dice. Los resultados de las autopsias revelaron que los cadáveres no contenían ni una gota de sangre. Los forenses no pueden explicar de qué manera él o los asesinos pudieron lograr eso.

—No me digas que crees que fueron vampiros.

—Otro dato más: los médicos que atendieron a las mujeres atacadas, luego de realizarles análisis, comprobaron que todas presentaban una anemia aguda.  No sé si serán vampiros o no, pero es un caso muy peculiar.

—Con razón nos dieron el caso. Deben creer que se trata de otros fenómenos como nosotros.

—Como sea, tenemos nuestra primera misión formal, equipo. Y la oportunidad para demostrar de lo que es capaz el SIT.

—¡Bien dicho, jefecito! ¿Cuándo comenzamos?

—Ya mismo. En estos mapas he marcado los puntos en que los cadáveres fueron encontrados, y también donde las mujeres fueron atacadas. Nos dividiremos y cada uno irá a recorrer cada rincón para buscar más pistas.

—Deberé llamar al bar para decir que no iré a trabajar.

—¿Estás segura? No quisiera que perdieras tu empleo.

—No hay problema, jefecito. El viejo Will no despediría a su mejor bailarina —sonrió, levantándose —Lo llamaré y salgo a rastrear mi zona.

—¿Es seguro enviarla sola? Si no me equivoco, todas las personas atacadas fueron mujeres.

—Así es.

—¿Y aun así…?

—Ran, ¿cuándo asumirás que es uno de nosotros y la tratarás como tal? Aún si se encuentra cara a cara con el o los culpables, yo temería más por la integridad de ellos.

—¡Listo, todo arreglado! —exclamó la joven volviendo a aparecer completamente vestida de negro.

—Tan rápida como un rayo, Venus —sonrió Wind —¿Llevas tu comunicador?

—Todo el equipo listo, jefe. Voy saliendo —y diciendo esto, abrió la ventana, saltando al vacío.

—Vaya, está entusiasmada.

—Tú también lo estás.

—¿Por qué dices eso?

—Tus ojos brillan de otra manera.

Wind sonrió al responder:

—Tienes razón. Presiento que será una misión muy importante para nosotros.

 

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—Dan, ¿podrías darme una cerveza? Esta noche hace más calor que de costumbre.

—Claro —respondió, sirviendo la bebida —No he visto a Maira por ningún lado.

—Si, es raro, no debe haber venido a trabajar. A veces hace eso, desaparece por algunos días. Es injusto.

—Tal vez esté enferma.

—Esa chica no se enferma nunca. Tiene tanta energía que a veces me dan ganas de desconectarle la batería para que se relaje jaja.

—Si —sonrió en complicidad.

—Oye, Dan. Dime una cosa. ¿Estás en pareja? —preguntó, mirándolo coquetamente.

—Se podría decir que sí.

—Ahh, ya me parecía. Los hombres buenos están ocupados, o muertos —suspiró, haciendo que Dan se echara a reír.

—Pensé que tendrías candidatos de sobra. Eres una mujer muy hermosa.

—Gracias, eres un amor, pero… ya me cansé de estos tipos que me ven bailar y piensan que pueden llevarme a un hotel de cuarta por unos cuantos billetes. Ya pasé esa etapa, ¿sabes? Ahora quiero un tipo bueno para variar.

—Estoy seguro que lo hallarás.

—Es fácil para ti decirlo. Y más como están las cosas ahora, uno no puede confiar en los extraños. Podrían matarte en la próxima esquina.

—Me parece que estás exagerando un poco.

—¿Exagerando? ¿Acaso no ves las noticias?

—Hmm… no.

—Dios mío, Dan. ¿No supiste de las personas asesinadas? Anoche mismo encontraron un nuevo cadáver. La ciudad está en pánico.

—No, la verdad no sabía nada.

—Y lo de esas mujeres… con decirte que ahora tomo un taxi desde mi departamento hasta acá para no andar sola en la noche. Si no encuentran a ese asesino que se cree vampiro, no quedará nadie en la ciudad.

Al oír esa palabra, Dan se quedó helado, dejando caer la copa que estaba limpiando.

—¿Estás bien? ¿Te cortaste?

—Estoy bien, no fue nada… Dime una cosa, ¿por qué lo llamaste… vampiro?

—Fue el nombre que le puso la policía. En el noticiero dijeron que los cadáveres estaban secos, sin sangre. Y las mujeres que habían sido atacadas, tenían dos orificios en el cuello. Debe ser uno de esos dementes trastornados, si es que es sólo uno. Sea lo que sea, espero que lo atrapen pronto. Inclusive, dicen que contrataron a un servicio especial para hallarlos y…

Ya no la escuchaba. Su mente había quedado paralizada después de oír de los cadáveres y las heridas en el cuello. ¿Acaso serían…?

Si fuera así, tendrían que escapar nuevamente. Pero, había tomado todos los recaudos, sembrado pistas falsas… ¿Qué falló?

Otra vez le estaban pisando los talones.

—Bien, vuelvo al trabajo —dijo de pronto la mujer, volviéndolo a la realidad —Hoy quisiera terminar temprano.

No tuvo tiempo de pensar mucho. El bar estaba repleto y hasta el momento de cerrar, tuvo que atender a las docenas de clientes que exigían alcohol.

Cuando el reloj dio las 6 de la mañana, se preparó lo más rápido que pudo. Si era posible, debían salir de la ciudad ese mismo día.

Se imaginaba el rostro de decepción y desencanto de Eidan al decirle que tendrían que volver a escapar. Pensaba que, en una ciudad tan grande, sería más fácil esconderse.

Tal vez estaba pensando demasiado. No estaba seguro que se trataba de algún miembro de la Sagrada Legión. Tal vez sólo era un asesino demente.

Pero, no podían arriesgarse. Aunque fuera sólo un rumor, era mejor equivocarse, antes que poner en riesgo al joven.

Salió del lugar sin despedirse de nadie. Afortunadamente, la calle estaba desierta, por lo que pudo desplazarse a grandes saltos sin que nadie lo viera.

Entró al callejón abandonado para cortar camino, deteniéndose al instante al escuchar el grito desgarrador de una mujer. A lo lejos, pudo ver una sombra moviéndose, que se incorporó al sentir su presencia.

—Paul…

La figura se puso en guardia, sus ojos rojos brillaron.

—Vaya, vaya, miren a quién tenemos aquí. Viejo amigo, no sabes lo mucho que te he buscado.

Dan se lanzó contra él, pero la figura se movió a una velocidad sorprendente.

—Te hace falta alimento, amigo. Estás muy lento.

—No pienses que te lo entregaré, antes tendrán que matarme.

—Créeme que no tendré problemas en hacerlo.

Sabía que no podía vencerlo en ese momento. Podía sentir que su energía estaba al máximo después de haberse alimentado de esa desdichada mujer. En cambio, él…

Debía escapar de alguna manera.

—¿Qué estás esperando, Dan? ¿O vas a quedarte inmóvil todo el día?

—¡POLICÍA! ¡LEVANTEN LAS MANOS, ESTÁN RODEADOS!

Un grupo de policías entraron al callejón, apuntándoles con sus armas. Ese era el momento. Dan aprovechó el ruido y la confusión para dar un gran salto hasta el techo del edificio. Dos balas rozaron su ropa y sintió que una se incrustaba en su pierna.

—Bien pensado, amigo. Sigues siendo el más rápido de todos.

—¡Levante las manos o dispararemos!

—Qué divertido. A ver, uno, dos, cuatro…. seis hombres. Creo que tomaré un pequeño postre…

 

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Llegó a la casa tomándose la pierna, con el rostro contraído de dolor. Al verlo, Eidan fue a su encuentro de inmediato.

—¿Qué…?

—No hay tiempo para explicaciones. Debemos irnos de inmediato.

—¿Qué?

—Junta tus cosas. Colocaré el resto en mi bolso.

—Pero…

—¡HAZ LO QUE DIGO! —gritó, suavizando su voz de inmediato —Lo siento. Te lo explicaré después. Por favor, confía en mí.

—Tu pierna está sangrando mucho —exclamó Eidan, cuando comenzaron a caminar. Ya se podía ver los primeros rayos del sol filtrándose entre los edificios.

—No es nada.

—¿A dónde vamos?

—A la estación de autobús.... —comenzó a decir, cuando sintió que las fuerzas le fallaban y tuvo que apoyar la mano contra una pared para no caerse.

—Tienes que descansar, no te has alimentado.

—No hay tiempo para descansar… nos han encontrado…

—¿Acaso…?

—A la salida del bar… vi a Paul. Eso quiere decir que Emmanuel también está cerca. Son los más peligrosos de la Sagrada Legión, tenemos que alejarnos.

—Tal vez, si nos escondemos en algún lugar hasta que puedas alimentarte.

—¡No! Es demasiado arriesgado. No estoy en condiciones de luchar… escapar es la única…

—¡Dan! —gritó, al ver que caía al suelo desmayado. Miró a su alrededor, sin saber qué hacer. La gente comenzaba a agolparse, murmurando. Hasta que un hombre alto, atravesó la multitud, exclamando enérgico:

—Si no van a ayudar, apártense. Necesita espacio —y diciendo esto se agachó, para tomarle el pulso.

—Está muy frío —exclamó, dirigiéndose a Eidan, que lo miraba desesperado —La herida en su pierna…

—Eso… es…

—Vamos. Vivo muy cerca —cortó, tomando al desvanecido hombre en brazos —Lo llevaremos ahí y después veremos si necesita un médico.

¿Debía permitírselo? Dan le había repetido hasta el cansancio que no entablara ningún tipo de contacto. Pero, en ese momento, no tenía otra opción. Si ese sujeto tenía un lugar para que pudieran esconderse, debía aceptar su ayuda. Después… después vería como deshacerse de él.

Cuando llegaron al departamento, Eidan vio con desazón que aquel hombre no vivía solo.

—Wind, tenemos un problema.

—¡Ranll! ¿Qué le pasó?

—Aparentemente se desmayó por la herida en su pierna, pero no he podido averiguar mucho —explicó, señalando con la cabeza a Eidan, que se mantenía inmóvil en la entrada.

—Colócalo en el sofá. Y trae el botiquín de primeros auxilios. ¿Cómo es tu nombre?

—Yo… me llamo Eidan.

—Muy bien, Eidan. Vamos a ayudar a tu amigo. Dinos, ¿qué le pasó?

—No… lo sé muy bien… cuando llegó esta mañana… ya estaba así…

Wind rompió el pantalón para ver mejor la herida. Limpió cuidadosamente la sangre, poniéndose cada vez más pálido.

—¿Wind…? —dijo Randall, a quién no se le había escapado aquel cambio en su expresión.

—Es una herida de bala. Afortunadamente es superficial, entró y salió sin causar demasiado daño. Pero, está muy débil.

—Yo…

—¿Si, Eidan?

Los ojos azules de aquel hombre parecieron atravesarlo. Habría querido escapar de inmediato, pero no dejaría a Dan. Sólo necesitaba estar a solas con él para alimentarlo y estarían bien. Sólo eso…

—Vamos a llevarlo a la habitación de huéspedes —habló el rubio, levantándose —Debe descansar.

—¿No lo llevaremos al hospital? Está muy pálido.

—Esperaremos un poco a ver qué pasa.

—No creo que sea conveniente esperar —insistió Randall, luego que dejaran a Eidan y Dan —Me parece que…

—Ese hombre no es normal, ninguno de los dos lo es.

—¿A qué te refieres?

—Cuando lo toqué, no sentí los latidos de su corazón. No tenía pulso. Era como estar tocando… un cadáver.

—¿Qué?

—Y el otro chico… tiene algo, no sé qué es, pero es muy fuerte.

—¿Quieres decir que son como nosotros?

—No estoy seguro.

—De todas maneras, aunque no podamos llevarlo a un hospital, hay que hacer algo, o puede morir.

—Ran, ese hombre… ya está muerto…

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—Tienes que resistir un poco más, Dan. Ya falta poco…

Eidan arremangó su camisa mientras buscaba algún objeto filoso. Lo único que pudo encontrar fue una tijera, y con ella se hizo un corte en la muñeca, abriéndole luego los labios para que pudiera beber la sangre. Cerró los ojos, esperando impaciente… hasta sentir que los labios comenzaban a moverse lentamente.

—Gracias al cielo —sonrió, cuando Dan abrió los ojos —Me diste un buen susto.

—¿Dónd…?

—No hables, sigue bebiendo. Es un lugar seguro.

Recuperó las fuerzas con rapidez. Ni siquiera sentía la herida en su pierna. Con alivio, se incorporó, dejando a Eidan semidormido en la cama.

—Gracias, ahora me ocuparé de todo. Es la casa de un humano, ¿verdad?

—Son buenos… me ayudaron…

—Lo sé. Y por eso, te prometo que no sufrirán. Descansa —y con un beso en la frente, lo dejó durmiendo.

Dan salió de la habitación, buscando a los ocupantes. Recorrió todos los rincones, pero al parecer, se habían marchado.

—Habrán llamado a la policía. ¡Maldición! Pronto se llenará de gente.

—Parece que te has recuperado por completo.

El hombre se volteó, pero no vio a nadie.

—¿Dónde estás?

—Tranquilo, no te haré daño.

—¿Dañarme? ¡Ja! Sal de donde te estés escondiendo.

—Sólo quiero hablar contigo.

—Lo siento, pero tenemos cosas más importantes de que ocuparnos. Y no tengo tiempo para jugar a las escondidas.

—La energía de tu compañero está muy baja, en cambio la tuya subió de manera increíble. Es algo muy interesante.

—¿Cómo…?

—¿Cómo lo supe?

Dan vio aparecer frente a él una luz celeste, que fue haciéndose cada vez más grande, formando un gran círculo. En el interior, divisó a un hombre rubio, de ojos de intenso color violeta, sentado en un pequeño sofá. Detrás de él estaba otro sujeto alto y fornido.

—Un escudo…

Debían salir de ese lugar. Esos humanos no eran como él, pero su poder era inmenso, lo podía sentir.

Sin embargo, cuando quiso moverse, le fue imposible. Estaba paralizado.

—¿Ahora si hablarás conmigo?

—No me dejas opción.

El sujeto rubio sonrió amablemente, moviendo la mano. El escudo desapareció, permaneciendo sólo una leve aura celeste alrededor de él.

 

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Eidan abrió los ojos, incorporándose lentamente. Luego de cada período de alimentación de Dan, en donde perdía gran cantidad de sangre, debía moverse con cuidado, o terminaba en el suelo debido al mareo. Se frotó los ojos, confundido. La habitación estaba apenas iluminada por los faroles de la calle.

Recordó que era de mañana cuando arribaron a ese departamento. ¿Tanto había dormido?

¿Qué habría pasado con esos dos sujetos que lo ayudaron? Aunque, sabía muy bien la respuesta. Todo humano que entraba en contacto con él, era eliminado por Dan.

Se sintió culpable. Esas personas habían sido muy amables… y por su culpa ahora estaban muertas.

Abrió la puerta, encontrándose con la sala desolada y en penumbras. Estaba a punto de llamar a Dan cuando escuchó voces.

Y se paralizó.

¿Acaso…? No, Dan se había recuperado por completo, era imposible que…

¿Entonces?

En ese momento, el mismo Dan apareció, acercándose con una sonrisa.

—Pensé que dormirías toda la noche.

—Dan… ¿qué…?

—Ven conmigo —y sin decir más, lo tomó de la mano.

Lo primero que vio al entrar a la habitación fue la mirada de aquel hombre, sus ojos azules lo atravesaron como la primera vez. ¿Qué hacían ahí?  Ahora no solo estaba paralizado, estaba aterrado. Apretó fuerte la mano de su compañero.

—No te preocupes. Van a ayudarnos.

El más grande le ofreció un asiento, sirviéndole un vaso de leche y galletas.

—Por ahora, es lo único que tenemos —dijo, amablemente —Pero, fueron a buscar más provisiones, así que cenaremos una buena comida casera. Lo prometo.

—Mi nombre es Wind, y él es Randall. Perdón si te miro así, pero eres fascinante —habló, fijando aún más la mirada.

—Wind, contrólate un poco…  das miedo.

—Lo siento jajaja. Te lo explicaré en pocas palabras. Tanto Randall como yo, y otra compañera más, formamos parte de un equipo llamado SIT., y nos caracterizamos por tener… podríamos decir, habilidades especiales. Y debo decir que la tuya, es la más interesante que he conocido hasta ahora.

—¿Habilidad? No entiendo.

—Dan nos contó todo desde el principio. Que seas capaz de renovar al 100% tu sangre, aún después que el corazón se detenga por completo… nunca me hubiera imaginado que pudiera existir algo así. Es realmente increíble.

—Lamentablemente, esa misma habilidad es la que nos tiene escapando hace cientos de años —continuó Dan —Y ahora, la Sagrada Legión nos está pisando los talones, y son muy peligrosos.

—Lo imagino. Para ellos, la sangre de Eidan constituye un verdadero tesoro. Pero, para ayudarlos, necesitamos toda la información posible, sobre todo de esos dos sujetos que mencionaste, Dan.

—No hay mucho por decir. Antes de conocer a Eidan, nosotros tres éramos los mayores asesinos de la Legión. Tanto Paul como Emmanuel son muy fuertes, rápidos e inteligentes. Es por eso que se me hace imposible perderlos. Tarde o temprano, terminan encontrándonos siempre.

—Lo importante ahora es localizarlos. Mientras permanezcan en este edificio, mi escudo los mantendrá ocultos.

—No pienso quedarme aquí de brazos cruzados.

—Hasta que tu herida sane por completo no vas a moverte —impuso Randall seriamente.

—Ah, ¿sí? ¿Y cómo vas a detenerme? Te aseguro que soy varios cientos de años mayor que tú.

—Tal vez, pero en este momento soy más fuerte y puedo atarte a la silla si quiero.

En ese momento, Eidan se echó a reír. Al escucharlo, Dan se relajó por completo y rio también.

—Ganas por ahora, fortachón. Sólo hasta que la herida esté cerrada. Y tú, Eidan, deja de reírte de mí.

—Lo siento, es que te imaginé atado a la silla y fue muy gracioso —explicó entre risas.

—Qué bueno encontrarlos a todos de buen humor —dijo una joven pelirroja entrando con varias bolsas. Después de dejarlas sobre la mesada, avanzó hacia Eidan —Mi nombre es Venus, imagino que el jefe ya te habrá contado todo del SIT. Bienvenido.

—Gracias.

—¡Qué lindo eres!! Me dan ganas de abrazarte como a un muñeco de peluche.

—Niña, deja de hablar tonterías, vas a asustarlo con tus locuras.

—No le hagas mucho caso, es un gruñón —le susurró, sonriendo.

Al ver que Randall abría la boca para dejar salir una de sus mejores maldiciones, Wind se adelantó, exclamando:

—Nosotros nos ocuparemos de la cena, ¿por qué no aprovechan y se dan un buen baño de agua caliente? Dan, ya sabes donde es el baño.

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—Es genial haberlos conocido, ¿verdad? Parecen amables.

—Lo importante es que son muy poderosos, especialmente el sujeto rubio. No sé qué es, pero puedo sentir su poder. Y es escalofriante.

Eidan se acomodó bajo las mantas con satisfacción. Después del baño, se sentía completamente relajado.

—Oye, no te duermas. Debes cenar primero.

—No tengo mucha hambre, además…

—¿Además?

Eidan se acurrucó aún más, hasta casi desaparecer bajo las frazadas.

—No sé, pero… creo que me desacostumbré a estar con otras personas. Es agradable, pero me gusta más estar contigo.

—A mí también. Pero, por ahora es mejor seguirles la corriente a estos sujetos, hasta que podamos deshacernos de Paul y Emmanuel. Después, volveremos a ser tú y yo, ¿de acuerdo?

—Hmmm… ajá.

—Te dije que no te duermas.

—También es agradable que no vayas a trabajar a ese lugar… así puedes quedarte a dormir conmigo…

Dan sonrió, acariciando la cabellera aún húmeda del joven. Por un minuto quiso acomodarse a su lado, pero Eidan debía comer. Así que tiró de un golpe las mantas y, a pesar de las quejas, lo levantó.

—Si no te levantas por las buenas, le diré a ese tipo Randall que venga y te lleve a rastras.

—¡No, por todos los cielos! No sé si le tengo más miedo a él o a esa chica efusiva —respondió de inmediato —Iré.

Se colocó el abrigo con desgano, deteniéndose en el último botón.

—Dan, ¿estás seguro que todo terminará cuando solucionemos esto? ¿Qué podremos… dejar de escapar al fin?

Esas palabras que lo lastimaban en lo más profundo de su alma. Juntó toda la determinación posible y sonrió al responder, aun cuando no creyera en sus propias palabras:

—No te preocupes, todo estará bien…

 

Vollmond (Luna Llena)

 

—No deben estar lejos ¿Estás seguro que se encuentra herido?

—Por supuesto. Sé lo que vi. Y aún si se alimenta, no podrá recuperarse tan rápido. Deberíamos aprovechar la oportunidad y buscarlos por separado.

—No creo que sea conveniente.

—¿Acaso le tienes miedo?

Emmanuel detuvo su enérgica marcha y enfrentó al otro hombre.

—Por si acaso los años hicieron que perdieras la memoria, te recuerdo que fue por tu culpa que esos dos escaparan del castillo.

—Te aseguro que no lo he olvidado —rugió, llevándose la mano a la cicatriz que surcaba su rostro —Por la humillación que me hizo vivir, voy a matarlo con mis propias manos, tan lentamente que suplicará de rodillas que acabe con él.

—Bellas palabras, asegúrate de cumplirlas. La Sagrada Legión no aceptará un segundo error.

Paul bufó, con los ojos irradiando ira. Sin embargo, lo único que hizo fue acomodarse el cuello de la gabardina y decir:

—Iré por aquí. Me mantendré en contacto.

—Haz lo que quieras.

Emmanuel esperó a ver desaparecer la sombra de su compañero en el oscuro callejón. Buscó el paquete de cigarrillos en su abrigo, encendiendo uno y aspirando el humo con deleite. Era una de las “costumbres” humanas que había adquirido recientemente, junto con beber cerveza.

Eso era justamente lo que deseaba en ese momento. Una buena cerveza y una suave piel que acariciar, un vibrante corazón, el tibio aliento y la sangre… la dulce sangre de una mujer para olvidar el frío de la noche.

Debía lograr que Dan no pudiera escapar esta vez. Estaba harto de perseguirlo por todo el mundo. Sobre todo, cuando acababa de conocer esta maravillosa ciudad.

Si lograba matarlo y llevar a ese pequeño de regreso a la Sagrada Legión, estaba seguro que lograría el permiso de dejar la Guardia. Para vivir como se le diera la gana.

Pero, hasta entonces, sólo podía seguir su misión.

—Bien, Dan, mi libertad depende de ti —exclamó, tirando la colilla —Y voy a asegurarme de que me la consigas.

 

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—Buenos días, Eidan, ¿pudiste descansar?

—Mucho, señor. Dormí de maravillas.

—Me alegro, pero no me llames “señor”, por favor. Me haces sentir viejo —sonrió —Llámame sólo Wind.

—Lo siento, es que… no estoy acostumbrado a… hablar con otras personas.

—Lo sé. Dan me comentó que vivieron casi de incógnito muchos años. Especialmente tú. Debió ser muy duro.

—Es duro para él. Me duele que tenga que pasar tantas cosas por mi culpa. ¡Me gustaría tanto ayudarlo! Pero, no hay nada que pueda hacer.

La charla fue interrumpida por la llegada de Venus y detrás de ella, Randall.

—¿Alguna novedad?

—Dos muertes y una nueva mujer con heridas en el cuello —habló Randall, molesto —Cada uno en un extremo opuesto de la ciudad.

—Se mueven muy rápido —agregó Venus —Demasiado. Y no dejan huellas en los cadáveres. Son asesinos perfectos.

—Wind, no podemos seguir avanzando a ciegas.

—Tú los has visto, ¿verdad, Eidan?

—Si, no los recuerdo muy bien, pero creo poder describirlos.

—No es necesario que los describas, sólo déjame entrar en tu mente y…

—Espera —dijo una voz. Dan salió de la habitación y avanzó tambaleante, cubriéndose los ojos de la luz del día —Hazlo conmigo.

—Esto no habría dañado en absoluto a Eidan —exclamó Wind minutos después, mientras señalaba a Dan que tomara asiento en el sofá —Tampoco lo sometería a algo que le causara dolor. Quiero que confíes en nosotros, queremos lo mejor para ambos.

—Lo siento, pero no puedo confiar en nadie. Haz lo que tengas que hacer, por favor.

—De acuerdo —suspiró, resignado —Correré las cortinas para que la luz no te moleste.

—Gracias. La sangre de Eidan me protege del daño de las radiaciones solares, pero, aún así, es molesto sentir la luz del sol.

—Ahora cierra los ojos y relájate. Pondré mi mano sobre la tuya para establecer contacto…

Dan asintió y cerró los ojos. Sintió la presencia de una gran energía, que fue aumentando hasta inundar la habitación completa. Cuando la mano de Wind se posó sobre la suya, un fuerte escalofrío recorrió su espalda.

—Es tan… tan intenso…  —pensó —Me pregunto si… su sangre sería como la de Eidan…

…Eidan…

Las imágenes comenzaron a invadir su mente. El antiguo castillo de la Sagrada Legión, el Consejo.

Se removió, inquieto. No quería recordar eso.

Aquella noche maldita…

 

“—¡Dan! ¿Dónde demonios te habías metido? ¿Has olvidado la reunión del Consejo?

—No, no lo hice. Sólo no quise asistir.

—¿Estás loco? ¿Cómo puedes decir…?

—Deja de gritar, Paul. Era sólo una reunión, ni siquiera habrán sentido mi ausencia. Además, sólo podemos permanecer mudos en un rincón, ¿qué sentido tiene ir?

—Sabes por qué lo hacemos. Esas reuniones nos garantizan el permiso para alimentarnos.

—Eso… —suspiró —Si, claro. Estoy harto que me digan de quién alimentarme y cuándo.

—Te comportas muy extraño últimamente, ¿qué sucede?

—Nada. Sólo me estoy cansando de todo esto. De seguir reglas estúpidas.

—Si quieres sobrevivir, vas a tener que seguir soportando, amigo. La comida no es gratis aquí.

—No, no lo es —sonrió, de manera misteriosa —Debo irme.

Paul se mantuvo inmóvil hasta que la sombra del otro hombre desapareció. Volteó hacia la derecha, de donde surgieron dos figuras, ambas con el rostro cubierto por capas negras.

—Tenías razón, Paul. Vamos a seguirlo y ver qué se trae entre manos.

—Recuerden notificar al Consejo.

—No te preocupes. El Consejo siempre premia a sus fieles aliados…

A varios kilómetros de ahí, Dan llegó a la entrada del bosque que rodeaba la ciudad. Comenzó a internarse con rapidez, adentrándose en los estrechos pasillos naturales del follaje. Podía sentir el acelerado latir de un corazón humano, nervioso y lleno de miedo. Aspiró su fragancia en el aire, aun cuando sabía que faltaban varios kilómetros para llegar hasta él.

Sabía que estaría inquieto, acurrucado sobre el tronco de un árbol viejo, pero era el único lugar en donde podía esperarlo a salvo.

Apresuró la marcha, llegando poco después a un claro, donde vio un frondoso roble.

—¡Al fin llegas! Cada vez tardas más, casi entro en pánico.

La pequeña figura se abalanzó sobre él, abrazándolo con ansiedad.

¡Qué maravillosa calidez! Rozó el blanco cuello con los dedos, estremeciéndose al sentir fluir la sangre bajo la piel. Una sensación embriagadora, pero, juntando toda su determinación, lo separó con delicadeza, temiendo perder el control si mantenía el contacto. Ya tendría la oportunidad de disfrutarlo, sólo debía ser paciente.

—Lo siento, tuve algunos asuntos que atender y me retrasé.

—Estoy acostumbrándome a esperarte —bufó, algo molesto.

—La paciencia es una virtud muy buena —contestó, sonriendo ante el puchero del joven. Acto seguido, sacó un pequeño libro de su abrigo.

—¿Es el libro que me habías comentado?

—Así es. Prometí que lo traería, ¿verdad?

—¡Gracias! Prometo leerlo deprisa y devolvértelo.

—No es necesario que te apresures —continuó, sentándose en la hierba —Nadie va a notar su ausencia. Hace cientos de años que la biblioteca de la Sagrada Legión sólo sirve para juntar polvo y telarañas.

—De todas maneras, me daré prisa, no quiero que tengas problemas por mi culpa.

—Te repito que…

-Nada, nada. Hazme caso —cortó, acomodándose a su lado.

—Siempre lo hago, eres un pequeño déspota —rio, mirándolo con tanta intensidad, que Eidan se sonrojó, bajando la mirada.

—¿Te… has alimentado hoy? —preguntó por lo bajo, luego de unos minutos de silencio.

—Aún no.

—Bueno… si quieres… ya sabes…

—¿Estás diciendo que puedo alimentarme contigo?

—Sólo porque… me has conseguido el libro. Sólo por eso.

—Muchas gracias —dijo en un susurro. Lo abrazó, acercando sus labios al cuello. 

Lentamente y con mucho cuidado, abrió dos pequeños orificios. El delgado cuerpo comenzó a temblar. Estrechó el abrazo, mientras la tibia sangre comenzaba a fluir.

Al sentir que el corazón disminuía su frecuencia, retiró los dientes, sabiendo que la herida cerraría de inmediato. Ya se había acostumbrado a ese “milagro”, sin embargo, seguía asombrándose de la capacidad de recuperación del joven.

—¿Estás bien? ¿No fue demasiado?

—Estoy bien…

—Tu sangre es lo más delicioso que he probado en mi vida —murmuró en su oído, para luego depositar suaves besos a lo largo del cuello. La herida estaba cerrada y sólo quedaba un leve enrojecimiento de la piel.

—No… hagas eso…

—¿Por qué?

—Es inapropiado.

—En este momento, podría hacerte miles de cosas inapropiadas, ¿sabes?

—No te atreverías.

—No me tientes —sonrió —Pero, seré un buen chico esta noche. Ahora, descansa.

Aidan se recostó sobre su pecho, cerrando los ojos. Normalmente le llevaba pocos minutos recuperarse por completo, pero al joven le gustaba dormir algunas horas. Cuando despertaba, Dan lo acompañaba de regreso a su hogar, mientras hablaban de mil y un temas. Parecía particularmente interesado en saber toda la historia de los de su “especie”, como llamaba a Dan y los demás.

La primera vez que había permitido voluntariamente que se alimentara de su sangre, fue luego de un intenso interrogatorio. Lo había hecho como un “premio”.

Y de esa misma manera, lo repitieron varias veces. Dan satisfacía la curiosidad del muchacho, a cambio de un minuto en la gloria. Ahora conocía el momento exacto donde debía parar antes de dejarlo inconsciente… aunque le costaba demasiado detenerse.

Pero, lo hacía. Lo hacía, aunque cada célula de su cuerpo gritaba por más.

Acarició el cabello del joven, que a esa instancia dormía profundamente, y cerró los ojos. Sabía que no podría dormir, todos sus sentidos estaban en completa alerta. Aun así, tener en sus brazos aquel cálido cuerpo, le brindaba bienestar y calma.

Deseó poder permanecer así el resto de su vida.

¿Podría hacerlo?

Imposible. A pesar de poseer ese increíble poder en su sangre, no dejaba de ser un ser humano. La vida de un ser humano era solo un minúsculo grano de arena comparada con la suya. Le dolió el hecho de saber que un día, aquella vida jovial y alegre, gruñona y caprichosa, se esfumaría hasta convertirse en vacío.

Trató de alejar los malos pensamientos abrazando con fuerza a la pequeña figura, quien se removió en sueños, inquieta.

—Estoy contigo —susurró, besando su frente —Tranquilo…

No podría permanecer junto al joven por siempre, pero mientras quedara un aliento de vida en él… no se separaría de su lado.

 

                                            ---------------------------------------

 

—¿Mañana nos encontramos en el mismo lugar?

—No creo que sea conveniente. Tu familia…

—A mi familia no le importa lo que haga —cortó, irritado —¿O es que acaso no te gusta estar conmigo?

—¿Cuántas veces saldrás con lo mismo?  —rio —Sólo me preocupa el hecho de que debas salir a escondidas.

—Si tanto te preocupa, ven a verme.

—¿En tu habitación? ¿Estás seguro?

-—Si.

—De acuerdo, pero… atente a las consecuencias.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Ya lo verás —volvió a reír.

—No me gusta cuando hablas de esa manera. Es como si te estuvieras burlando de mí.

—No me estoy burlando. Sólo… —comenzó a decir, pero se interrumpió de repente, quedándose inmóvil.

—¿Dan? ¿Qué…?

—Sujétate con fuerza —exclamó, tomándolo de la cintura. Tomó impulso y comenzó a moverse a grandes saltos.

—¿Qué sucede?

—Nos están siguiendo.

—¿Qué?!!!!

—Debo llegar a la mansión Priest antes de que nos alcancen —pensó —Maldición, fui un estúpido al descuidarme.

Para cortar camino, entró a uno de los tantos callejones que atravesaba la ciudad. Era estrecho y oscuro, pero desembocaba muy cerca de la mansión.

Se dio cuenta de su error demasiado tarde, cuando vio a lo lejos que la salida estaba bloqueada por tres sujetos.

—Es inútil, Dan. Estás rodeado —escuchó a sus espaldas. Otras tres figuras le cerraban el paso en el otro extremo del callejón. 

—¿Qué es lo que quieren? No me gusta que se metan en mis asuntos.

—El Consejo requiere que te presentes de inmediato.

—Lo haré. Ahora, márchense. Ya cumplieron su misión.

—Debemos llevarte con nosotros. Órdenes del Consejo.

—Dan, es por el libro, ¿verdad? Toma, dáselos.

—No es por el libro, no te preocupes, te llevaré a tu habitación e iré con ellos.

—El humano debe ir también —cortó uno de los sujetos, avanzando hacia Eidan.

—Él no tiene nada que ver. ¡Al que se atreva a tocarlo, lo mataré! —gritó, encendiendo sus ojos de intenso color rojo —No quiero atacarlos, pero lo haré si no retroceden en este mismo momento.

—Desobedecer las órdenes del Consejo es una grave falta.

Al ver que los hombres se aprestaban a atacar, colocó a Eidan tras suyo, diciendo:

—No te alejes de mí, ¿de acuerdo?

—Dan…

—No dejaré que te hagan daño. Lo juro.

Eidan abrió los ojos, espantado. Aquellos sujetos se abalanzaron al mismo tiempo a una velocidad increíble. Era imposible ver sus movimientos, sólo lograba vislumbrar cuando eran arrojados con fuerza una y otra vez por Dan. No lograban siquiera dar un golpe cuando el hombre los repelía de inmediato.

Luego de varios minutos de batalla, los seis sujetos parecían exhaustos.

—Les advierto por última vez, si me dejan terminar con lo mío, los acompañaré. Caso contrario, no me seguiré conteniendo y los atacaré con toda mi fuerza.

Los sujetos se miraron, retrocediendo con desconcierto.

—Vamos, Eidan —dijo, con inmenso alivio. Pero, no lograron dar ni dos pasos cuando una nueva presencia apareció. Dan frunció el ceño, preocupado.

—Siempre fuiste un problemático, pero has pasado el límite.

—Emmanuel, permite que te explique...

—Lo que debas decir, lo harás frente al Consejo.

—No es necesario llevarlo a él. Sólo…

—No compliques las cosas —exclamó, tomándolo por el cuello con tal velocidad que le fue imposible reaccionar. Lo sostuvo en el aire para luego arrojarlo con violencia contra la pared. Dan perdió la conciencia unos segundos, los suficientes para que lograran sujetarlo con pesados grilletes.

—No le hagan daño, por favor —rogó Eidan —Mi familia tiene mucho dinero, puedo darle lo que quieras.

Los ojos grises de Emmanuel se posaron en él. La mirada más fría que había visto en su vida lo congeló, dejándolo inmóvil. Sintió como si cientos de cuchillos se clavaran en su corazón.

Dan abrió los ojos al tiempo que veía el cuerpo de Eidan desvanecerse. Se debatió con todas sus fuerzas, pero la mirada de Emmanuel lo detuvo al instante y bajó la cabeza, derrotado.

 

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—Acabo de notificar al Consejo, te llamarán de un momento a otro.

—Emmanuel, por favor. ¡Por favor, escúchame!  —suplicó a través de los barrotes de su jaula —Si tan solo me escucharas cinco minutos…

—No tienes nada que explicarme a mí. Reserva tus palabras para el Consejo.

—Ellos no van a entenderme. Tú si… tú me entenderás.

Emmanuel apretó los puños, pero se contuvo. No quería seguirle la corriente, prestarse a su juego.

—Es inútil, Dan. Fuiste un estúpido al involucrarte con ese humano, pero fuiste aún más estúpido al descuidar tus espaldas.

—¿Qué… significa eso?

—¿Crees que podríamos haberte encontrado sin ayuda? Al parecer has olvidado la primera regla de los Caballeros de la Legión: “no confíes ni en tu sombra, porque puede traicionarte”

—¿Paul?

—Un gran error. Es una lástima, eras un buen asistente. Podrías haber llegado muy alto en La Legión. Una verdadera lástima.

Dan cayó de rodillas. Ya no le quedaba ninguna esperanza. No tardarían en descubrir el poder de Eidan… y sería su fin. El Consejo lo tendría como esclavo, a merced de…

Lágrimas de odio corrieron por sus mejillas. Ya no tenía fuerzas para gritar o luchar. Escuchó los pasos de Emmanuel alejarse y después, nada. Sólo oscuridad.

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—¿Has terminado?

—Sí. Revisé cada centímetro del cuerpo y nada. Ni un rastro de heridas, ni cortes, ni siquiera un rasguño. Al parecer, el motivo de estar junto a este muchacho no era para tenerlo como fuente de alimento.

—Tal vez lo estaba seduciendo para atacarlo cuando estuviera desprevenido.

—No, esa no es la forma de actuar de Dan. Él no lo piensa dos veces, solo asesina sin piedad. No lo imagino seduciendo a alguien, aunque… debo admitir que es una criatura muy atractiva —dijo, deslizando sus dedos sobre el pecho desnudo del joven, quien yacía inconsciente sobre una mesa de mármol.

—El motivo ya no importa.

—Entonces, ¿puedo quedarme con este chico? Me desharé del cuerpo después.

—No creo que al Consejo le importe. Haz lo que quieras.

—Tengo verdadera curiosidad por saber qué es lo que veía Dan en ti —murmuró, sacando de su abrigo una daga dorada, con la que hizo un profundo corte sobre la vena yugular. La sangre fluyó a borbotones.

—No ensucies el lugar, Paul. Te he repetido hasta el cansancio que cambies tu forma de alimentarte.

—No te preocupes, jefe- —rio, acercando una copa al borde de la mesa para que la sangre cayera en ella —Aprovecharé hasta la última gota.

Ambos vieron como el rostro palidecía rápidamente, tornándose color ceniciento a medida que la copa se llenaba.

—¿Quiere tener el honor de probarla primero?

—No —respondió de forma seca, volteándose para ver a través del inmenso ventanal —Deja de jugar y termina rápido.

Paul se relamió los labios. Al dar el primer sorbo, su rostro se transformó.

—Es increíble…

—¿Qué sucede?

—Es… lo más delicioso que he probado. No sé cómo describirlo… es…

Emmanuel le quitó la copa y, a su pesar, probó un sorbo, quedando tan sorprendido como el otro hombre.

—¿Piensa que Dan sospechaba que era una presa tan valiosa?  —insistió Paul, recogiendo con sus dedos las últimas gotas del cuello de la víctima.

—No lo sé. No qué que es, pero el sabor no es normal.

—Y da la sensación de… llenarte de energía, ¿verdad? Como si fuera a revitalizarte por completo.

—¿Ha muerto?

—Hmmm, si —dijo, luego de revisar el pulso —Una sangre tan deliciosa y que se acabe tan pronto. Hasta es doloroso.

—Llevaremos lo que queda al Consejo —exclamó, cubriendo la copa con su pañuelo, ante la mirada decepcionada de Paul —No elimines el cuerpo aún.

—De acuerdo —suspiró, tomando una sábana blanca para cubrir el cadáver. Sin embargo, al acercarse, emitió un grito de asombro.

—¿Qué sucede?

Sin poder hablar, Paul sólo lo miró estupefacto, señalando el cuerpo.

La herida estaba cerrada por completo, sin dejar siquiera una cicatriz. El cuerpo había recuperado su color normal y, lo que los dejó atónitos, el pecho oscilaba con los lentos movimientos de la respiración.

—No puede ser. Estaba muerto… yo…yo le tomé el pulso. ¡Lo hice!

—Conserva la calma —exclamó, acercándose aún sin poder creer lo que estaba viendo. Estudió detenidamente el cuerpo por varios minutos, a la vez que trataba de calmarse él mismo. Definitivamente seguía siendo humano. ¿Entonces…?

—Él lo sabía. Sabía que este chico no era normal, por eso lo protegió con todas sus fuerzas.

—Trae a Dan. Yo iré a notificar al Consejo. Se debe convocar a una reunión urgente.

Paul asintió, corriendo con todas sus fuerzas hasta llegar a los calabozos. Si ese chico podía regenerarse de esa manera, quería decir que podía alimentarse las veces que quisiera. Con solo recordar aquel delicioso sabor, le bastó para estremecerlo hasta los huesos.

Dan lo vio entrar, con el rostro excitado y los ojos desorbitados. Abrió los grilletes que lo sujetaban a la pared, mientras escuchaba su balbuceo nervioso:

—Pensaste que te ibas a salir con la tuya, ¿verdad? ¿Qué la tendrías solo para ti? Maldito, vas a ver. Lo vas a lamentar…

—Si tuviera las manos libres, serías tú quien lo lamente.

—Una palabra más y te rompo cada hueso del cuerpo aquí mismo —advirtió, apretándole el brazo con fuerza descomunal.

Paul nunca había tenido tanta fuerza. Eso sólo quería decir que…

Dejó de resistirse y avanzó con la misma rapidez que su captor. Si había la mínima esperanza de salvar a Eidan, debía guardar todas las fuerzas que le quedaban.

Al entrar en el amplio salón, su vista fue directamente a la gran mesa de mármol, y al cuerpo desnudo sobre ella. Se abalanzó con desesperación hacia él, comprobando de inmediato que el joven estaba con vida. Cerró los ojos con inmenso alivio.

—¿Quién es este chico???? ¿Qué clase de poder posee?!!! ¡HABLA!

—Te atreviste a tocarlo…

—El Consejo ordenará tu muerte. Quisiste todo el poder para ti, maldito egoísta.

—Yo seré el que te mate, traidor.

—¿Ah sí? Y dime cómo lo harás, estúpida rata —exclamó, sonriendo sarcástico mientras sacaba su daga —Voy a abrirte el cuello como lo hice con tu juguetito humano…

Una inmensa rabia se apoderó de Dan, arrojándose sobre el otro hombre, esquivando fácilmente las estocadas. Con rapidez, lo golpeó en el estómago, haciendo que la daga cayera al suelo. Y, antes de que pudiera recuperarse por completo, tomó el arma, dispuesto a enterrarla en el corazón. Paul vio la intención y logró moverse para esquivar el golpe mortal, pero no lo suficientemente rápido para evitar que lo alcanzara.

Gritó de dolor, cubriéndose con ambas manos la gran herida que surcaba el lado derecho del rostro. Su vista se nubló por la sangre, y lo último que sintió fue un violento golpe en el pecho.

Dan respiró profundamente, agotado por el esfuerzo. Pero, no tenía tiempo de descansar. Paul no estaría desmayado por mucho tiempo y Emmanuel llegaría de un momento a otro. No podía perder ni un segundo.

Se acercó a Eidan, moviéndolo con cuidado para despertarlo, sin conseguirlo. A pesar que respiraba con normalidad, había perdido gran cantidad de sangre en muy poco tiempo. Seguramente permanecería inconsciente por muchas horas más.

No le quedaba otra opción. Con dificultad por tener las manos limitadas por los grilletes, cubrió lo mejor que pudo el cuerpo del joven con la sábana, lo tomó en brazos y salió con rapidez de la habitación.

—La cámara central está muy cerca, si tan solo pudiera…

Varios gritos interrumpieron su pensamiento. Debían de haber descubierto a Paul.

No tenía tiempo de salir a escondidas. Tomó impulso y saltó a través de uno de los ventanales, llamando la atención de los guardias que rondaban el patio. Aprovechó su desconcierto para golpearlos antes de que pudieran reaccionar, tomando uno de los caballos.

Atravesó el portal del castillo, escuchando el ruido de cascos tras él. Sin embargo, el sonido se detuvo a los pocos metros. Volteó a su derecha, descubriendo el motivo, el sol comenzaba a asomarse tras las montañas.

—Nunca me sentí más feliz de verte —dijo, sonriendo. Acomodó su pequeña carga, cubriéndolo lo más que pudo con su cuerpo para protegerlo del frío y azuzó al caballo.

 

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Eidan despertó al sentir los rayos del sol en su rostro. La tibia calidez era muy agradable, sobre todo por lo cansado que se sentía. ¿Dónde se encontraba? Parecía estar a bordo de un barco, por el rítmico vaivén. Pero, eso era imposible, ¿Por qué razón estaría a bordo de un barco?

Abrió los ojos lentamente, acomodando la vista a la claridad del día. Debía ser cerca del mediodía. Trató de moverse, pero estaba aprisionado entre los brazos de alguien.

Las imágenes llegaron de repente, y recordó lo que había sucedido. Su corazón comenzó a latir, desesperado.

—Despertaste…

Esa voz tan conocida lo hizo levantar la vista, descubriendo que era Dan quien lo tenía abrazado.

—Dan… —sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Estás a salvo… el castillo quedó muy atrás…

La voz quebrada lo alarmó. Y fue cuando notó el aspecto demacrado que tenía. Los ojos inyectados de sangre, apagados. Y la piel arrugada, que en ciertas partes se desprendía como si fueran escamas.

—¡El sol! —gritó, cayendo en cuenta que estaba expuesto a la luz que tanto daño le hacía. ¿Hace cuántas horas venía soportando semejante tortura? —Debemos detenernos.

—Aún no… mientras haya luz tendremos la ventaja. Hay que… aprovecharla…

—¡No! Detente, por favor, no quiero que sigas haciendo esto —pidió, mientras las lágrimas comenzaban a correr por sus mejillas —Te lastima, por favor, Dan.

—Un poco de sol no… no va a matarme —murmuró sonriendo —No me detendré hasta que el sol caiga.

Viendo que sería imposible que cambiara de opinión, buscó algún elemento para cubrir su cabeza, pero lo único que tenía era la sábana en la que se encontraba envuelto.

¿Qué podía hacer? Y la respuesta llegó al instante.

—Hazlo —dijo de repente, moviendo la cabeza para dejar expuesto el cuello.

—No lo haré.

—¡Dan!

—Perdiste mucha sangre… no voy a…

—Entonces, me tiraré del caballo.

—Eidan…

—¡No! Te lo advierto, lo haré. Sabes que lo haré.

El hombre suspiró, agachándose hasta rozar la piel del cuello con sus labios resecos. Cuando sorbió la primera gota de sangre, sintió que la fuerza volvía a su cuerpo, renovándolo por completo. Fueron solo unos pocos segundos, y se alejó.

—Fue… muy poco.

—Fue suficiente —contestó. Su voz volvía a ser la de antes, grave y segura —Volveremos al galope, trata de dormir.

El vaivén se aceleró, y sintió el viento en la piel. Se acurrucó en el pecho de Dan, tapándose la sábana para recuperar el calor de antes. Casi al mismo instante, fue cubierto por un fuerte brazo.

—Aguanta un poco, muy pronto podrás descansar —escuchó el susurro en su oído. No quería dormir, pero los ojos se le cerraron solos por el cansancio.

Cuando volvió a abrirlos, se encontraba en un lugar totalmente diferente. No le gustaba en absoluto la idea de despertar y estar en un lugar distinto cada vez, y más aún, cuando se encontraba solo… como ahora.

Se incorporó lentamente en la cama. El lugar parecía ser una vieja cabaña. Aún se encontraba mirando a su alrededor, cuando la puerta se abrió dejando ver una figura encapuchada.

Por un momento el espanto se apoderó de su ser y abrió la boca para gritar, pero el miedo se transformó en alegría al vislumbrar de quién se trataba.

—¡Dan! —gritó, sin poder contener la alegría. El hombre se acercó, siendo abrazado con fuerza por el joven- —¿Cómo estás? ¿Te sientes mal?

—Calma, me siento bien —sonrió, tranquilizándolo.

—¿Dónde estamos?

—Hallé esta cabaña escondida en pleno bosque. Será el refugio perfecto para permanecer unos cuantos días, hasta que podamos volver.

—¿Volver?

—Te llevaré con tu familia. Hablaré con ellos para asegurarme que te brinden la seguridad necesaria…

—¡No! ¡No podemos volver! Esos monstruos están allí. Te atraparán, podrían matarte.

—Yo soy tan monstruo como ellos…

—¡Claro que no!

—No me conoces realmente, no conoces lo que soy y lo que hice antes de conocerte, Eidan —sonrió con tristeza.

—No lo sé y no me importa en absoluto. No te compares con ellos, no eres igual…no eres igual para mí.

—Seguiremos hablando después, ahora será mejor que comas algo. Conseguí comida en un pueblo cercano, y también algo de ropa.

Eidan frunció el ceño, furioso.

—¡No me trates como si fuera un niño! —gritó, para luego envolverse en la sábana y dejarse caer en la cama como una especie de oruga —¡Y no voy a comer!

—Por todos los cielos… —suspiró, frustrado —No te comportes así justamente ahora, estoy demasiado cansado…

—No quiero volver.

—¿Y qué quieres hacer entonces?

Se hizo un profundo silencio, que duró varios minutos. Dan se sentó en el borde de la cama, dándole la espalda, mientras pensaba qué hacer.

—Quiero… vivir contigo.

—No sabes lo que estás diciendo.

—Varias veces dijiste que querías dejar la Legión, que querías ser libre. Yo también quiero ser libre. Seamos libres juntos.

—No es lo mismo.

—Desde que supe la verdad… no pude volver a ver a mi familia como antes. Ya no me siento cómodo con ellos. No me obligues a volver, me sentiría tan prisionero como tú.

Un nuevo silencio invadió la habitación.

—Además… podría servirte de alimento, así no tendrías que cazar nunca más. Ni matar más personas. Sería la presa perfecta para ti.

—No hables así. Nunca podría verte como una presa.

—Así como yo nunca podría verte como un monstruo. ¿Por qué dudas tanto? Pensé que estarías feliz…

—¿Cómo puedo estar feliz cuando… dejé que te lastimaran así?  —la voz de Dan se quebró —Conocerme solo te trajo miedo y dolor.

Eidan se volteó, sacando la cabeza. Vio el rostro descompuesto y lleno de lágrimas. Extendió su mano, tomando la de Dan.

—No es cierto. Gracias a ti supe lo que soy, y supe la verdad de mi familia, del pueblo. Si no te hubiera conocido, habría crecido en un mundo de mentiras.

—Traté de matarte dos veces.

—Bueno… no fue una manera muy convencional de conocernos —sonrió.

Dan sonrió también, pero volvió a amargarse al recordar su situación.

—La Sagrada Legión no se quedará de brazos cruzados. En este mismo momento estarán enviando asesinos a todas partes.

—Nosotros tampoco nos quedaremos de brazos cruzados. Iremos muy lejos, tan lejos que será imposible que nos encuentren.

—¿Estás seguro de querer esto? Viviremos huyendo, escondiéndonos de todos ¿es el tipo de vida que quieres para ti?

—Si estás conmigo, sí.

Estaba seguro que tomaba la decisión equivocada. Que era un error someterse a la vida que decía querer. Se cansaría muy pronto, caería en cuenta de la realidad. Y lo abandonaría. Debía convencerlo que lo mejor era…

Volteó y sus ojos se encontraron con los turquesas de Eidan, y toda su determinación se vino abajo. Si tan solo pudiera ver sus brillantes ojos cada día… a eso podría llamar felicidad.

—Descansaremos hasta que llegue la noche —habló —Y luego seguiremos camino al sur. Si tenemos suerte, en unos cuantos días llegaremos al puerto y podremos tomar algún barco para cruzar el océano.

—Nunca estuve en un barco. Será divertido.

—Pues yo estuve varias veces y te aseguro que no tiene nada de divertido —exclamó, mientras le alcanzaba la canasta con comida.

—Pero nunca estuviste conmigo. Y ahí está la gran diferencia- rio.

—Te lo recordaré cuando no puedas mantenerte en pie por los mareos.

Eidan rio nuevamente, para luego indicarle que se acomodara en la cama.

—Descansa un poco.

Mientras el joven comía, se aseguró de cerrar todas las aberturas. Aún era de día, por lo que no había peligro de sufrir un ataque de la Legión, pero quería estar seguro de que no entrara ningún visitante inesperado. Colocó varios cajones contra la puerta y un grueso tablón frente a la única ventana. Al terminar, la habitación había quedado en completa penumbra.

—Me aseguraré de buscar un farol y aceite para el próximo lugar.

—De acuerdo —bostezó. La oscuridad le había dado sueño de repente.

—¿Terminaste de comer? Lamento que no haya sido mucho.

—Estaba delicioso. Fue una cena perfecta. O un almuerzo, no sé.

Volvió a escuchar la risa cristalina. Era tan reconfortante oírla… tanto como ver sus ojos.

—¿Cómo vamos a saber cuándo despertar?

—No te preocupes, sabré de inmediato cuando llegue la noche.

—Eres como una lechuza.

—Puede ser jaja.

—¿Y yo que soy?

—Eres… un ratoncito.

Sintió la suave risa y el tibio aliento en su cuello e instintivamente extendió el brazo para que el joven se acomodara. Se sentía tan bien tenerlo cerca, aún sin la necesidad de alimentarse.

Aún si tuviera que pasar el resto de su vida huyendo, sería feliz si pudiera dormir teniendo ese cálido cuerpo junto al suyo.

—Por favor, nunca te canses de estar conmigo…”

 

Wind quitó su mano, respirando agitado. Su frente estaba perlada de gotas de sudor. Estaba exhausto, física y mentalmente. No tenía fuerzas ni para incorporarse.

Sin decir palabras, Dan se levantó, saliendo de la habitación. En el exterior, se encontró con un par de ansiosos ojos turquesas, que corrieron a su encuentro.

—¿Estás bien?

—Si —murmuró, sonriendo con calma al joven —Todo está bien.

Desvió la mirada buscando donde se encontraba Randall, que también esperaba ansioso

—Será mejor que entres —le dijo.

Randall encontró al rubio con la cabeza baja, temblando sin control. Cuando llegó a su lado, vio que tenía el rostro mojado de lágrimas.

—¡Voy a matarlo!!!!! —comenzó a decir, dispuesto a ir en su busca, pero Wind se lo impidió, reteniéndolo por su chaqueta.

—Espera —habló con voz firme.

—¿Qué te ha hecho ese sujeto? Si te lastimó…

—No soy yo en este momento. Estos… estos son los sentimientos de Dan.

—¿Qué demonios…?

—Al… entrar en contacto con él, absorbí todas sus emociones. Son… muy fuertes… demoraré un poco en… controlarlas.

—¿Puedo hacer algo para ayudarte? —preguntó por lo bajo.

—Estaré bien, no te preocupes.

—De acuerdo —dijo de mala gana, levantándose. Detestaba esa fase de “tengo todo bajo control” de Wind. Su orgullo a veces le hacía construir un insondable muro a su alrededor.

Estaba a punto de marcharse, cuando lo escuchó estallar en llanto. Sin dudar dos veces, dio media vuelta para acercarse al rubio y envolverlo en un fuerte abrazo.

—Te repito que…

—No me importa. Me quedaré aquí.

Estaba seguro que después tendría que soportar que Wind lo evitara durante días. Ya había sucedido antes, cuando el orgulloso jefe dejaba entrever pequeñas muestras de debilidad debajo de su coraza.

No importaba, ni siquiera importaba el hecho que ese llanto desgarrador fuera de alguien más. Eran sus azules ojos quienes estaban rojos de tanto llorar. Y eran sus lágrimas las que mojaban su camisa.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por el propio Wind, quien lo empujó suave, pero firme, para luego levantarse del sofá.

—Ya logré controlarlos.

—¿Te sientes bien? Puedo prepararte un café o…

—No es necesario —cortó, de forma brusca mientras trataba de arreglar su aspecto —Tengo las imágenes de esos asesinos, Emmanuel y Paul. Organicemos la búsqueda.

—De acuerdo.

—Por favor, ocúpate de que Dan y Eidan tengan todo lo que necesitan.

—Lo haré.

Permaneció en el lugar hasta que el rubio se perdió de vista. Sólo entonces, se marchó a cumplir con lo que le habían ordenado.

 

Letztes Viertel (Cuarto Menguante)

 

—¿Qué habrá pasado con Dan?

—¿Con quién?

—El chico que trabajó unos días con nosotros, el barman. ¿Recuerdas?

—Ah, sí.

—Eres de lo peor, Maira. ¿Cómo puedes olvidar tan rápido a un hombre tan guapo?

—¿Tal vez por qué tengo cosas más importantes en qué pensar? —respondió, con una sonrisa sarcástica.

—¿Qué puede ser más importante que un hombre guapo?

—No sé, quizás dos vampiros asesinos imposibles de encontrar —murmuró, como al descuido.

—¿Qué dijiste?

—Nada, nada. Dime, ¿has escuchado más noticias de esos extraños asesinatos?

—Sólo que siguen apareciendo cadáveres todas las noches. Ya pasó casi un mes. Es increíble que la policía no pueda hacer nada al respecto en todo este tiempo. ¿Acaso están esperando que acaben con todos nosotros?

—Hacemos todo lo que podemos —pensó abatida la joven —Sólo que no es suficiente…

Aún después de saber el aspecto exacto de aquellos sujetos, no pudieron encontrar ninguna pista para hallarlos. Siempre estaban a un paso detrás de ellos, descubriendo su paradero demasiado tarde.

No tenían un patrón de ataque. Al parecer, tomaban a su víctima totalmente al azar.

Si nada resultaba, deberían usar a Eidan como carnada, como había sugerido Randall. Ella había estado de acuerdo, pero Dan amenazó con matarlos si se atrevían a intentarlo. La joven sonrió, mientras se movía sensualmente al ritmo de la música. La escena había resultado divertida después de todo, con Randall y Dan insultándose a los gritos, mientras Eidan trataba de calmar la situación.

Al final, el jefe había resuelto las cosas como siempre lo hacía cuando las cosas parecían salirse de control: inmovilizándolos con su barrera.

—Ese jefe sí que sabe cómo mantener la calma —se dijo, guiñando el ojo al hombre que le acaba de dejar un par de billetes en su atril. Parecía que esa iba a ser una buena noche.

Otro hombre se acercó, dejando caer un manojo de billetes, además de una pulsera llena de brillantes. Atónita, miró a su admirador, y quedó inmóvil.

Ese hombre.

Emmanuel.

Tratando de mantener la compostura, volvió a sonreír. El sujeto le hizo señas para que bajara, y así lo hizo, respirando profundamente.

—¿Qué debo hacer para que aceptes tomar una copa conmigo? —le susurró el hombre al oído. Su voz era muy seductora.

—Nada. Acepto —respondió, manteniendo la sonrisa.

—Qué bien. ¿Hay algún lugar tranquilo donde podamos conversar sin este ruido horrible que destroza los tímpanos?

—Ven conmigo.

—Espera —dijo, y el corazón de la joven pareció detenerse. El hombre tomó los billetes y la pulsera y se los entregó —Olvidabas esto.

—Muchas gracias. Te has ganado un trago.

—Espero ganarme algo más que eso.

Subieron al tercer piso del local, reservado para las parejas. Unas pocas mesas, luz tenue y música tranquila daban un aspecto mucho más relajado e íntimo.

—Ahora si estoy a gusto —exclamó el hombre, sentándose en un amplio sofá.

—Me resulta extraño que entres a un lugar como este cuando no te gusta la música ni la gente.

—Error, señorita. Amo la música, pero no cuando sale de esos aparatos infernales que lo único que hacen es causar estragos mentales. Además, entré sólo por una razón.

—¿Cuál?

—Por ti.

—Qué halagador. ¿Y tanto te costó decidir acercarte y hablarme? La noche casi termina.

—Disfruté tanto verte bailar que quería aprovechar hasta el último minuto.

—Vaya, sí que eres un completo galán. Seguro que haces lo mismo con todas las mujeres.

—Sólo con las que valen la pena- sonrió —Dime, ¿cómo te llamas?

—Mary —contestó sin dudar. Era el nombre que siempre daba a los hombres que se le acercaban.

—Mary, lindo nombre, pero no va contigo. Tus ojos tienen demasiada fuerza para un nombre tan común. Pero, en fin, entiendo que no quieras dar tu verdadero nombre, debes estar cansada de los hombres que buscan seducirte.

—No me dejo seducir por cualquiera, sólo con los que valen la pena —sonrió, haciendo que el hombre irrumpiera en carcajadas.

—Espero entrar en ese selecto grupo.

—Ya lo veremos. ¿Y tu nombre es…?

—Emmanuel. Y es el verdadero.

—Hmmm… no sé si creerte. Aunque, te sienta bien ese nombre.

—Gracias.

—Y bien, Emmanuel. ¿Qué haces en tu vida?

—-Digamos que estoy en la ciudad por algún tiempo, ocupándome de unos asuntos.

—¿Negocios?

—Podría decirse que sí.

—Suena misterioso. Me gusta.

—¿Te gustan los hombres misteriosos?

—Me fascinan —respondió, entornando los ojos con coquetería. Era su mejor técnica.

—Y tú me fascinas a mí.

—Cayó en la trampa —pensó. Ahora sólo debía lograr que la acompañara al departamento.

Se acercó lentamente y, colocando la mano sobre el muslo derecho del hombre, murmuró —Y ya que nos fascinamos mutuamente, ¿Qué te parece si seguimos esta conversación en otro lugar?

—Me encantaría, pero lamentablemente debo irme.

—¿Tan pronto? Ni siquiera pudimos tomar el trago que me prometiste —reprochó, mordiéndose el labio inferior a modo de puchero. Otra de sus tácticas infalibles.

—Créeme que nada me gustaría más que seguir contigo, pero debo atender mis asuntos. Pero, prometo volver mañana a la noche.

—Seguro dices eso y no lo cumples. Y te estaré esperando como una estúpida.

—Nunca haría esperar a una dama —aseguró, tomando su mano para depositar un beso —Y menos a ti.

—Entonces… ¿mañana?

—Mañana. Y me aseguraré de que bailes sólo para mí, si sabes a qué me refiero —dijo, acercándose para besarla en la comisura de la boca.

Una sensación embriagadora la envolvió, como si estuviera flotando por el aire. Cuando volvió en sí, Emmanuel había desaparecido.

Volvió a su lugar junto a la barra de tragos, aún aturdida por lo que acababa de pasar. A su alrededor, todos estaban enfrascados en sus propios asuntos, como si nada hubiera pasado.

Había estado a centímetros de unos de los peores asesinos del que tenía memoria. Las piernas le temblaron al ser consciente del peligro al que se había expuesto. Ese sujeto podría haber acabado con su vida en un instante, y nadie se habría dado cuenta.

—Maira, ¿estás bien? Te ves pálida.

—Estoy bien, Zoe. Gracias…

—¿Por qué no vas a tu casa? Ya casi son las seis.

—Si, sí. Termino unas cosas y me voy —contestó. Sin embargo, recién se animó a salir cuando el sol había terminado de asomarse tras los edificios. Y, para asegurarse, tomó un taxi.

No sabía de dónde había sacado el desenfado y la tranquilidad que mostró ante aquel sujeto. Fuera lo que fuera, la había abandonado por completo. Sus piernas continuaron temblando aún después de relatar lo sucedido a Wind y los demás.

—Por dios, que imprudente has sido —la regañó Randall —Fue una locura lo que hiciste.

—Lo sé, pero no podía permitir que se nos escapara después de haberlo buscado tanto. Ahora tenemos un lugar exacto donde atraparlo, ¿verdad, jefe?

Wind había permanecido escuchando en silencio, con los brazos cruzados.

—Randall, vamos a necesitar los comunicadores para esta noche —dijo, seriamente —Y también las armas. Prepara el equipo.

—Lo haré de inmediato.

La joven hizo el ademán de seguir al moreno, pero la voz de Wind hizo que se detuviera al instante.

—Venus, quédate.

—Sé lo que vas a decir, y lo siento. Pero, ¡debía hacerlo!

—Lo sé. No voy a reprochar tu decisión, tanto Randall como yo hubiéramos hecho lo mismo de haber tenido la oportunidad.

—Pensé que ibas a regañarme como él. Me trata como una niña.

—Es su forma de expresar lo preocupado que se sintió al saber el peligro que pasaste. Sabes que es una persona muy protectora con la gente que le importa.

—Si, lo sé.

—Me alegro que formes parte del SIT, Venus. Y me alegro que estés bien.

Oír el elogio de parte de su jefe, la llenó de alegría.

—Esta noche tendrás un papel muy importante que cumplir. Ahora ve a descansar.

Venus asintió con determinación y salió caminando con energía.

—Esta noche nos veremos las caras al fin, Emmanuel. Lamentarás haber posado tu vista en un integrante de mi equipo. Lo lamentarás…

 

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—Recuerda mantener el transmisor encendido todo el tiempo.

—Si, si, Randall, ya me lo has dicho diez veces —exclamó, colocando el pequeño dispositivo en el bolsillo de su pantalón.

—Bien equipo, repasemos el plan. Venus llevará al objetivo a la casa que alquilamos. Cuando hayan ingresado los dos, atacaremos al mismo tiempo.

—¿Qué pasará si no quiere ir? ¿Si tiene un auto o simplemente prefiere un callejón?

—Estaremos a pocos metros de ti, siguiendo cada uno de sus pasos. Cualquier movimiento de ese tipo que consideremos peligroso, entraremos en acción.

—No quiero arruinar sus planes, pero será imposible acercarse sin que Emmanuel se dé cuenta —interrumpió Dan.

—Eso déjamelo a mí —continuó Wind —Utilizaré la misma barrera que usé la primera vez que nos vimos, ¿recuerdas? No será capaz de percibir nuestra presencia.

—¿Podrías hacer lo mismo conmigo?

—No sé si sea conveniente que nos acompañes.

—También soy un guerrero y sé acatar órdenes. Prometo seguir tus indicaciones en todo momento.

—Sería un buen apoyo, Wind- opinó Randall —Lo necesitamos.

—De acuerdo. Nos pondremos en marcha a la medianoche. Hasta entonces, descansemos. Necesitaremos toda nuestra fuerza.

—¿Por qué no dejas que ellos se ocupen de todo? ¿Por qué tienes que ir también?

—Tengo cuentas pendientes con Emmanuel.

—Tengo miedo, Dan. Los hemos esquivado por tanto tiempo, no quiero que te enfrentes a él. No quiero que te lastimen.

—No lo harán. Soy mucho más fuerte que aquella vez.

El joven suspiró, sabiendo que no podría hacerle cambiar de opinión.

—Todo terminará esta noche. Y podremos ser libres, libres de verdad.

—Ya que no puedo convencerte, por lo menos aliméntate bien. Es lo único que puedo hacer para ayudarte —exclamó, sentándose en el borde de la cama y extendiendo la mano hacia él —Ven aquí.

—Haces mucho por mí. Más de lo que te imaginas...

Cuando terminó, Dan lo acomodó en la cama, cubriéndolo con las mantas. Lo observó en silencio, contando las veces en que su pecho subía y bajaba.

Si todo salía como lo planeado, esa noche terminaría al fin con la huida de tantos años. ¿Qué harían después? ¿Eidan permanecería a su lado o… tal vez…?

Movió la cabeza enérgicamente, para desechar esas ideas estúpidas. No tenía sentido preocuparse por eso ahora. Primero debían acabar con Emmanuel, el asesino más peligroso de toda la Legión. Si lo lograban, matar a Paul sería pan comido. Y deseaba con todas sus fuerzas ser él quien lo hiciera. El odio no sólo seguía intacto, se había incrementado a través de los años.

El joven se removió en sueños, moviendo los labios como si llamara a alguien.

—Dan… —escuchó, en voz baja. 

—Tranquilo, estoy aquí, contigo —murmuró, acariciando su rostro. Estoy contigo…

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La joven terminó su whisky de un solo trago. Necesitaba una buena dosis de alcohol para dominar el nerviosismo. Miró de reojo el reloj del bar: las dos de la mañana.

¿Vendría después de todo?

Tocó su bolsillo para asegurarse que el transmisor seguía en su lugar. Era un alivio saber que estaban cerca de ella, escuchando todo.

—Así de pensativa, te ves mucho más hermosa —escuchó en su oído.

Volteó de repente, viendo a Emmanuel a su lado, sonriendo.

—Me asustaste.

—Perdón, no fue mi intención —se disculpó, besando su mano —Y perdón por llegar tarde.

—¿Tus asuntos?

—Así es. Pero, ya estoy libre y totalmente disponible para ti.

-Me alegro. ¿Quieres tomar algo?

—Me encantaría, pero…

—No te preocupes, no te obligaré a quedarte en este horrible lugar —rio —Es mi noche libre y tampoco quiero permanecer aquí. Vamos.

A esa hora de la madrugada, la calle estaba sumamente tranquila. En su interior, Venus deseó que estuviera repleta de gente, pero era martes, así que sólo se cruzaron con dos o tres personas que vagaban solitarias. Además, hacía frío, y se culpó por no haber sido más precavida. No había terminado de pensar en eso, cuando sintió que cubrían sus hombros con un grueso sobretodo.

—No, no es necesario.

—Insisto. No quiero que pesques un resfriado por mi culpa.

—Te enfermarás tú.

—No te preocupes. Me encanta sentir el frío. Junto con las luces de la ciudad, dan a uno la sensación de estar realmente vivo, ¿no crees?

—Prefiero un día soleado —sonrió —Parece que te gusta mucho la noche.

—No lo niego, soy un ser nocturno.

—¿Algo así como un vampiro? —dijo, arrepintiéndose al instante de sus palabras. Se mordió el labio, y volvió a sonreír —No me hagas caso, no quise decir eso.

—Por un momento pensé que me estabas comparando con esos monstruos horribles de las películas. No son tan feo, ¿o sí?

—¡Claro que no! Al contrario…

—Qué alivio —sonrió.

—Llegamos —anunció, deteniéndose frente a una pequeña casa. Introdujo la mano en el bolsillo, rogando que la llave estuviera en su lugar. Si, estaba. Ahora sólo debía abrir la puerta y comenzaría el ataque —Por favor, no prestes atención al desorden, no tuve mucho tiempo para limpiar.

—¿Crees que podría fijar la vista en algo más que no seas tú? —dijo, tomándola de la cintura —Estás nerviosa.

—No, solo que…

—No tienes por qué estarlo. Nunca podría hacerte daño.

Sus ojos grises eran tan cautivantes que Venus quedó hipnotizada, mirándolos. Incapaz de moverse, vio cómo se acercaba sigilosamente, como una sombra. Pero, se detuvo a centímetros de su boca, separándose de repente.

—Se dio cuenta —pensó, reaccionando al fin. Puso todos sus sentidos en alerta, dispuesta a atacarlo a la primera señal.

—Disculpa, linda. Creo que tengo un visitante inesperado —exclamó al ver detenerse un automóvil negro frente a ellos, del cual descendió Paul, que se quedó mirando fijamente a la joven pelirroja —¿Podrías entrar y esperarme? Prometo no tardar más que unos minutos.

—Claro, no hay problema…

—Mi querido amigo, no sé cómo haces para interrumpirme siempre en los mejores momentos.

—No es hora para bromas, Emmanuel. Encontré al objetivo.

La sonrisa del hombre se esfumó, y lo encaró, ansioso:

—¿Cómo???

—Como me dijiste hace unos días, comencé a recorrer la zona en donde habías sentido esa gran energía. Encontré varias cosas interesantes. Resulta que hay un edificio en donde viven ciertos humanos a los que han tildado de “particulares” —comenzó a decir, hablando en voz baja —Nadie sabe qué hacen exactamente, sólo que entran y salen a todas horas. Y, lo mejor de todo, me han dicho que hace unas tres semanas, vieron entrar a uno de ellos llevando un hombre herido y que los acompañaba un joven. Y la descripción coincide con Dan y el chico.

—Debemos ir de inmediato a ese departamento.

—Intenté hacerlo, pero hay una especie de barrera muy poderosa que me impidió entrar.

—¡Demonios! Habrá que encontrar la manera.

—Tal vez esa manera esté más cerca de lo que crees —continuó, entregándole varias fotografías —Ingresé en el archivo del edificio, para averiguar quiénes eran esos humanos tan particulares. ¿Hay alguien familiar para ti?

—Mary… —dijo al ver la imagen de la joven, abriendo los ojos por el asombro.

—Conque así se llama. Me sorprendí bastante cuando la vi, pero al fin tus locuras de establecer contacto con los humanos pueden servirnos de algo.

Emmanuel no podía salir de su sorpresa. Desde que posó sus ojos en ella por primera vez, había sentido una atracción inmediata. ¿Tendría algo que ver con lo que Paul decía de ser un humano “particular”? ¿Sería como ese humano al que Dan protegía tanto?

—¿Qué vas a hacer? Tener a esa chica puede servirnos para llegar a Dan.

—Hagámoslo entonces y terminemos de una vez por todas.

Al ingresar, encontraron a la joven sentada en el borde de la cama con las piernas cruzadas.

-Lo siento, amor, pero tendremos que olvidar nuestra cita- dijo Emmanuel, no sin cierto fastidio. Realmente le había gustado mucho esa chica.

—¿Algún problema? —preguntó.

—Vas a tener que acompañarnos. Si lo haces sin resistirte…

—¡Por todos los demonios, Emmanuel! Deja de ser tan contemplativo con estos miserables —cortó, tomándola del brazo para que se levantara. Pero, se llevó una gran sorpresa al recibir una fuerte patada en el estómago a tal velocidad, que no pudo reaccionar a tiempo.

—Ya veo que eres bastante particular- dijo Emmanuel —¿Qué clase de criatura eres?

—Eso no te importa. Tú y tu amigo van a pagar por todos los asesinatos que cometieron.

—Ya veo —contestó, percibiendo un cambio en el ambiente. Ahí estaba esa gran energía que lo había atraído a esta ciudad —Veo que tenemos compañía, Paul.

De la habitación continua salieron Wind y Randall, seguidos por Dan.

—Maldito cobarde, no te atreves a enfrentarnos tú solo y te escudas detrás de humanos como la rata que eres —gruñó Paul, aún dolorido por el golpe.

—Han cometido graves delitos en nuestra ciudad —intervino Wind —No vamos a permitir que sigan lastimando personas.

—Qué interesante, así que eras tú el de la energía.

—Olvídense de ellos —terció Dan —Resolveremos esto entre nosotros. No voy a escapar más.

—Espero que mantengas tu palabra, traidor. Te haré pagar por esto —exclamó Paul tocándose la cicatriz que cruzaba su rostro. Sacó su daga, sonriendo ladino —¿La recuerdas, maldito? Después de matarte, voy a disfrutar cortando una y mil veces a tu preciado humano.

Dan se abalanzó sobre él con tanta violencia que rompieron la puerta de la casa, saliendo despedidos al exterior. Era tal la fiereza y la velocidad de los ataques, que sólo eran visibles las estelas de polvo desprendidas en cada golpe.

—Es sorprendente, ha mejorado mucho —se dijo Emmanuel, quien observaba atentamente la batalla desde el porche. Luego volteó la cabeza hacia el interior y continuó —¿No van a salir a disfrutar del espectáculo?

—¿Disfrutar? ¿Disfrutas viendo a dos seres luchando a muerte? —preguntó Wind, haciendo señas a los otros dos de mantenerse alejados.

—Pertenezco a una era demasiado antigua, he vivido tanto tiempo, visto tantas cosas… que es agradable encontrar algo que me sorprenda. Y debo decir que ver los avances de Dan es una agradable sorpresa.

—¿Aun cuando pueda matar a tu compañero?

—Son las reglas de un caballero de la Sagrada Legión. Cumplir órdenes, sobrevivir… o ser destruido —exclamó viendo caer a Paul por tercera vez. El hombre estaba muy herido, pero no se daba por vencido.

—¿Qué harás si Dan resulta vencedor?

—Supongo que será mi turno de pelear con él.

—No suenas muy convencido de querer hacerlo.

Emmanuel giró para mirarlo. El par de ojos violeta lo enfrentaron con una tranquilidad absoluta.

—No percibo ninguna sensación, su rostro es un papel en blanco —pensó, sintiéndose un poco desorientado. Nunca había esperado encontrarse con sujetos tan extraños.

—No quieres hacerlo —insistió Wind.

—Tal vez, pero tengo órdenes.

Un feroz grito resonó en ese instante. Dan acababa de apuñalar a su enemigo en el corazón. Estaba agotado, pero debía dar el último paso… el definitivo. Desenterró la daga y tomó impulso:

—Esto es por lo que le hiciste a Eidan —murmuró, provocándole un profundo corte en el cuello. El cuerpo bajo suyo comenzó a convulsionar, mientras la sangre se escurría formando un gran charco sobre el asfalto de la calle.

Uno más, sólo uno más…

Elevó su brazo, y por un instante, la daga reflejó la luz de la luna.

 —Y esto es por tu traición.

El movimiento fue rápido, preciso y mortal.

La cabeza, totalmente desprendida del cuerpo, rodó a lo lejos. Dejó caer la daga ensangrentada, respirando con dificultad. Él también tenía muchas heridas, especialmente una en su costado izquierdo, en donde había recibido una profunda puñalada.

Se levantó con cuidado, emitiendo un leve quejido. Se acababa de dar cuenta que tenía rotas varias costillas.

Sintió los ojos de Emmanuel fijos en él. En su actual estado de debilidad, sería imposible vencerlo. Aun así, comenzó a acercarse.

—Fue un espectáculo impresionante, Dan. Te felicito.

—No dejaré que te lleves a Eidan.

—¿Y qué vas a hacer para impedirlo?

—Lo que sea necesario.

—Interesante —sonrió, mientras iba a su encuentro.

—Wind, tenemos que hacer algo —dijo Venus —Dan no está en condiciones de luchar.

—Puedo atacarlo por detrás y…

—Esperen ambos, no se adelanten. Aún no.

—Wind —insistió Randall.

—Confíen en mí —pidió —Hay algo en ese sujeto… lo pude percibir.

—No vas a lograrlo, Dan. Ríndete y vuelve conmigo. Has avanzado demasiado como guerrero, sería una lástima tener que matarte.

—Olvídalo.

—¿Tanto deseas tener el poder de esa sangre sólo para ti? ¿Para dar la espalda a tus hermanos, a los que son como tú?

—¿Piensas que es por su sangre? —Dan rio con amargura —Me decepcionas, Emmanuel, y me llena de odio… y tristeza que digas eso. Tú, de todos los de nuestra especie, tú más que nadie deberías ser capaz de entender por qué hago esto.

—Te lo advierto por última vez ¡Ríndete! —gritó, lanzándole un golpe en pleno rostro, que lo hizo caer al suelo —Te garantizo que hablaré con el Consejo para disminuir tu castigo.

—No… me rendiré. Y nunca volveré. Nunca más… seré el esclavo de ese grupo de cobardes.

—No lo entiendo, Dan. ¿Me vas a decir que has disfrutado de todos estos años en los que fuiste un fugitivo, vagando sin rumbo, sin un propósito?

—Te equivocas… tal vez soy un fugitivo, pero… tengo un propósito… —exclamó, volviendo a ponerse de pie —Y ese propósito… es lo que me mantiene vivo en este momento. El que me va a dar fuerzas… para matarte.

—No me hagas reír, ¿y cuál es ese propósito tan importante?

—Tengo a alguien… a quien proteger…

Sus ojos brillaban de furia y determinación. Emmanuel nunca lo había visto así. Ni siquiera en sus mejores épocas en la Legión. A pesar de su fuerza y rapidez, siempre se había comportado como un sujeto desinteresado, sin voluntad. Sin ganas de nada.

Ahora, con el cuerpo destrozado y al límite de sus fuerzas, veía en él a un guerrero dispuesto a luchar hasta el final.

Por un instante, se vio a sí mismo, hace mucho, mucho tiempo.

Relajó su cuerpo, sabiendo que no podría hacerlo, no podría matarlo. Sonrió, derrotado.

—Has ganado, Dan. Me rindo.

El hombre lo miró, sin poder creer lo que acababa de oír. No podía ser posible.

—Será mejor que atiendas esas heridas. No podrás proteger a nadie en estas condiciones —exclamó, para luego dirigirse a Wind —Puedes dejar de amenazarme con esa energía o lo que sea que tienes. Y ustedes dos, guarden las armas.

—Venus, ve a buscar la camioneta. Ran, ayuda a Dan. Debemos regresar al departamento de inmediato.

—Ya veo, así que eres el líder. Lo suponía. Ahora, dime una cosa, ¿Qué se supone que son ustedes?

—¿Para qué quieres saberlo?

—Oh, vamos. Ya me rendí, no maté a nadie. Sólo quiero satisfacer mi curiosidad.

—Es una historia muy larga.

—Tengo todo el tiempo del mundo. Además, tengo ganas de volver a ver a ese humano que es tan importante para Dan. No, no me mires de esa forma aterradora otra vez —sonrió —Sólo quiero confirmar algo con mis propios ojos.

—Si te atreves a intentar algo…

—Estaré en tu territorio, dentro del escudo que tú mismo creaste. Aunque quisiera, no tendría el poder suficiente. Ni siquiera podría acercarme a ti sin que me atacaras, aunque, pensándolo bien, sería un verdadero placer sufrir tu ataque.

—¿Siempre usas el sarcasmo para esconder tus verdaderas intenciones?

—¿Siempre eres tan frío como un témpano de hielo? —rio, disfrutando de la mirada glacial que se posó en él.

—Wind, estamos listos.

—Gracias, Randall. Pongámonos en marcha. Él viene con nosotros.

Aunque al moreno le habría gustado negarse, sólo pudo asentir a regañadientes. Venus también se sorprendió, pero ella confiaba ciegamente en Wind. En cuanto a Dan, estaba tan débil que ni siquiera era consciente de lo que pasaba a su alrededor.

Cuando llegaron, Eidan los esperaba hecho un mar de nervios. Al despertar, había querido huir del edificio. Aunque sabía que no podía servir de ayuda, quería estar con Dan. Pero, todas las salidas habían sido selladas por el escudo de energía, con lo cual se encontró atrapado y sin saber que hacer, más que permanecer sentado, con la mente desecha de pensamientos negativos.

Ninguna de las imágenes que cruzaron su mente en esas horas de angustia lo preparó para el impacto que recibió al ver entrar a Randall trayendo a Dan desmayado y cubierto de sangre. Ni siquiera notó la presencia de Emmanuel, sólo comenzó a llorar e implorar que lo dejaran curarlo.

—Nunca… lo vi tan herido —sollozó el joven mientras hacía un corte en su muñeca con el bisturí que le había entregado Venus. Abrió los pálidos labios, haciendo que la sangre fluyera- Vamos, Dan, despierta.

Tuvieron que transcurrir veinte minutos para que comenzara a dar señales de vida. Lenta y pesadamente, abrió los ojos, viendo el rostro del joven, mojado por las lágrimas.

—Dan… me asustaste mucho, pensé que nunca despertarías.

—Lo… siento…

Intentó incorporarse, pero el dolor se lo impidió. A pesar de toda la sangre consumida, aún se encontraba muy débil.

—No te muevas —exclamó Wind, acercándose al lecho —La herida de tu costado es grave. Deberás permanecer en reposo absoluto, o el daño será peor.

—No te preocupes, Dan. Me ocuparé de alimentarte lo suficiente. Estarás curado en poco tiempo. Por favor, duerme —pidió, besando su frente.

Los ojos volvieron a cerrarse.

—Tú también necesitas descansar y alimentarte.

—Estoy bien. Quiero limpiar sus heridas y… toda la sangre —respondió levantándose, aunque tuvo que sostenerse por el dosel de la cama, presa de un fuerte mareo.

—Si no te cuidas, no podrás ayudarlo. El necesita que estés íntegro y fuerte. Vamos, después de una buena comida te sentirás mucho mejor.

Venus había preparado una deliciosa cena y, efectivamente, después de una taza de chocolate caliente y dos trozos de pastel, Eidan comenzó a sentirse mucho mejor, y más animado.

—¿Dónde está ese sujeto? —preguntó Randall a Wind en un susurro para evitar que los demás lo oyeran —¿Se fue?

—No, aún está aquí.

—No me gusta que ande rondando y jugando a las escondidas.

—Según sus palabras, dijo que quería “confirmar algo con sus propios ojos”, aunque no entiendo qué pueda ser. En fin, ya veremos.

 —¿No vas a cenar? —preguntó, al ver que hacía el ademán de retirarse.

—Tomé una taza de café, suficiente para mí. Iré a descansar un poco.

Apenas había salido de la cocina cuando volvió a escuchar la voz del moreno.

—Quita el escudo. Lo has mantenido durante semanas.

—Estoy bien.

—Por una vez en la vida, ¡hazme caso! —gritó, tomándolo del brazo.

El rubio se enfureció. Detestaba que le dijeran que hacer. Pero, cuando fijó sus ojos en los de Randall, vio que estaban llenos de preocupación. Y todo su enojo se desvaneció al instante.

—Eres un pesado —sonrió, volviendo a tornar sus ojos de color azul —De acuerdo, ya lo hice, ¿satisfecho?

—Gracias. Me ocuparé todo, así que no te preocupes.

Wind asintió, continuando su camino, suspirando de satisfacción al desplomarse en la cama. Aún no quería analizar el resultado de la misión, estaba muy cansado. No quería pensar en nada. Ni siquiera quería cambiarse de ropa.

Sólo dormir.

Por un instante, antes de entregarse por completo al sueño, consideró el peligro de que Emmanuel estuviera rondando sin la protección del escudo, pero rápidamente desechó su preocupación.

Tenía un escudo mucho más efectivo. Un escudo terco y sobreprotector, pero que sin duda sería capaz de mantener el orden. Sabiendo eso, podía abandonar por unas horas su rol de jefe.

Bostezó por última vez y cayó profundamente dormido, sin notar que, en una esquina de la habitación y oculto por las sombras, un par de ojos grises habían seguido cada uno de sus movimientos.

 

Schwarzen Mondes (Luna Negra)

 

Wind despertó, tallándose los ojos. La habitación estaba completamente a oscuras. Se levantó de un salto y abrió las cortinas, desconcertado al ver la luna brillando a través de los cristales.

¿Es que acaso había dormido tan poco? No podía ser posible, se sentía totalmente descansado… y muy hambriento.

—Al fin despertaste —oyó una voz risueña a sus espaldas. Se volteó de inmediato, viendo a Emmanuel sentado cómodamente en su escritorio —Comenzaba a aburrirme.

Trató de ordenar sus pensamientos antes de responder, a la vez que intentaba volver a levantar el escudo.

—No lo hagas, por favor. No necesitas ponerte a la defensiva. No tengo malas intenciones.

—Tienes el atrevimiento de aparecer de esta manera en mi habitación y me pides que no me ponga a la defensiva.

—Lo siento, esperé fuera durante tantas horas, que finalmente decidí entrar a esperar de una manera más cómoda.

¿Tantas horas? ¿De cuántas horas estaba hablando?

—Dormiste un día completo —informó, al ver su rostro desconcertado. 

¿Un día?!! ¡Dan! ¡Eidan!

—Están bien, no te preocupes —respondió, fijando su vista en la oscura noche —Las heridas de Dan están casi cerradas, aunque deberá permanecer en reposo un tiempo más.

—¡Deja de leer mi mente!

—Perdón, pero en este momento puedo ver tus pensamientos tan fácilmente, como si fueras un libro —¿Acaso el momento de despertar es tu punto débil? ¿Cuándo tus defensas están totalmente bajas?

Retrocedió, saliendo del cuarto con rapidez. Debía alejarse de aquel sujeto, por lo menos hasta que lograra controlar el torbellino de emociones que sentía en ese momento.

—¡Wind! —saludó Randall al verlo entrar en la cocina —Ya nos estábamos preocupando de que no despertaras. ¿Cómo estás?

—Bien, gracias… ¿Y los demás?

—Venus está cenando con Eidan. El pequeño no quiso separarse de Dan, así que nos trasladamos allí —respondió sonriendo mientras preparaba un sándwich —Y hablando de Dan, su recuperación es increíble. Esa sangre sí que es efectiva, me pregunto si funcionaría con un ser humano.

Randall cayó al ver que el rubio estaba con la mente fija en cualquier cosa, menos en lo que le estaba diciendo. Le llamó la atención verlo con la ropa arrugada, la misma que había usado el día anterior, y el cabello desarreglado. Y había algo en su actitud, hasta en la manera encogida en que estaba recostado en la mesada.

—¿Quieres venir? —preguntó, como al descuido.

—¿Qué?

—Llevaré estos bocadillos a Eidan.

—No, gracias —respondió de inmediato —Me quedaré aquí.

Vio con desazón como el moreno asentía y se alejaba. Se sintió tentado a levantarse y seguirlo, pero temía enfrentarse a Dan y que le pasara lo mismo que antes.

Cerró los ojos, concentrándose. Debía calmarse de una vez por todas y activar el escudo. Debía saber dónde estaba Emmanuel.

Fue imposible. Estaba muy inestable.

La primera misión oficial del SIT y estaba deshecho emocionalmente. ¿Como pretendía continuar al frente de su grupo cuando ni él mismo podía controlarse?

Nunca se imaginó que pudieran existir en el mundo personas tan extraordinarias y poderosas como Emmanuel. ¿Y si alguna vez debían enfrentarse a lo que llamaban “La Sagrada Legión”?

Se tomó la cabeza con las manos, desconcertado e irritado. No estaba seguro de querer seguir. Ver sus debilidades a flor de piel, y peor aún, saber que otra persona podía verlas… y usarlas a su favor.

Era aterrador.

Sintió que alguien se sentaba a su lado y, por un momento temió que se tratara de Emmanuel, pero lo tranquilizó escuchar esa voz tan familiar:

—Lo puse en el microondas para que se derritiera el queso, como te gusta. Cómelo enseguida o se enfriará.

El apetitoso aroma del sándwich lo sacó de sus pensamientos… y le recordó que seguía hambriento.

—Lo siento, aún estoy un poco dormido. Gracias.

—De nada. A propósito, Dan quiere hablar contigo —dijo, y notó al instante como el cuerpo del rubio se tensaba —Creo que quiere aclarar varias cosas contigo y con ese tal Emmanuel.

—¿Lo…has visto? —preguntó, tratando de ocultar su nerviosismo quitando meticulosamente la corteza del sándwich.

—Sí. A decir verdad, no parece ser mal tipo. Entró varias veces a escondidas al dormitorio de Dan y cuando le pregunté por qué lo hacía, me respondió: “no quiero asustar a ese pequeño” Incluso estuvo jugando al ajedrez con nuestra chica.

—Vaya…

—No quiero decir con esto que confíe en él. No me gusta que se mueva sigilosamente por todos lados como un fantasma. Y me enerva su sonrisita idiota. Pero, tal vez sólo sea su manera de ocultarse. Como una máscara.

—¿Cómo puedes saber eso? Apenas lo conocimos ayer.

—Supongo que soy bueno identificando máscaras —suspiró, mirándolo de soslayo.

—Es verdad, ¿será porque hace dos años que lidias con la mía?

Randall se quedó boquiabierto. Ni en sueños se habría imaginado que dijera algo así. Mantuvo el silencio, esperando.

—Lo peor de todo es… que la necesito.

—Eso no es verdad.

—¡Claro que sí! —gritó de repente, golpeando la mesa con su puño, pero al instante se calmó y bajó la mirada —¿Lo ves? Si no la tengo…

—¿Comenzarás a gritar y dar golpes? No le veo lo malo a eso —dijo en tono jovial.

—No es momento de bromas, Randall —y clavó sus ojos azules, que brillaron irritados —¿Cómo puedo hacer frente a sujetos como Emmanuel o Dan? Si no soy capaz de controlarme… como ahora.

—Estás muy equivocado, Wind —la voz se volvió dura y grave —No eres tú el que le hace frente, es el SIT. Y el SIT son tres personas, no una. Si piensas que no nos necesitas, entonces dinos las cosas de frente, nos iremos y te dejaremos solo.

—No quise decir eso… no es lo que pienso…

—Pero te comportas como si lo fuera. Hace dos años que estoy contigo, y en todo ese tiempo te he visto cargar los problemas solo, sin querer pedir ayuda. Por más poderoso que seas, no puedes seguir de esa manera sin derrumbarte. Como ahora.

Randall había hablado rápido, soltando todo lo que venía guardando hace tiempo. Cuando se detuvo para tomar aliento, vio caer una lágrima en la mesa.

—Wind, lo siento… no quise ser tan brusco…

—Pensé que era la manera correcta, yo les pedí que se unieran.

—Y nosotros aceptamos, ¿recuerdas? No es por obligación que estamos aquí, es porque creemos en ti. Pero, para seguir, necesitamos que creas en nosotros.

—Creo en ustedes.

—Entonces, sería bueno que aceptaras nuestra ayuda, ¿no? Si quieres usar una máscara, úsala con los demás, no con nosotros.

Un profundo suspiro salió de los labios de Wind, que alzó los hombros como si se hubiera liberado de una carga muy pesada. Al mismo tiempo, notó que podía activar el escudo con facilidad. Percibió la presencia de Venus y Eidan, que hablaban animadamente, y a Dan que los miraba con una tranquila sonrisa en su rostro. Muy arriba, en la parte superior del edificio, percibió la de Emmanuel, y sintió su profunda soledad. Y, junto a él, la cálida presencia de Randall, su calma y tranquilidad.

Alzó la vista y lo miró. Y se sintió en completa paz. 

 

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Esperó que Eidan se quedara dormido y se levantó con cuidado. Con alivio notó que las costillas habían soldado completamente y la herida del costado casi no dolía. Y todo gracias a esa criatura que parecía un ángel, con la suave luz de la luna iluminando su rostro.

Con gusto hubiera permanecido a su lado, pero había sentido una presencia llamándolo. Sabía muy bien de quién se trataba…y fue a su encuentro.

—Las luces de la ciudad le dan a la noche una atmósfera muy especial, ¿verdad? Me gusta mucho.

Se ubicó junto a Emmanuel, recargando los brazos sobre el balcón. Nunca había prestado mucha atención a las luces hasta ese momento, pero admitió que tenía razón.

—Como si fuera de día.

—Es una de las cosas que echaré de menos.

—¿Piensas volver a la Sagrada Legión?

—Debo hacerlo. Anunciar la muerte de Paul… y la tuya.

—¿Qué? No…

—Escúchame con atención. Pienso decir que entablaste una batalla con Paul y lograste matarle. Y cuando luego luchaste conmigo, estabas tan herido que te vencí con facilidad, aun cuando quisiste recuperarte absorbiendo toda la sangre de Eidan, incluso hasta matarlo.

—¿No es muy arriesgado? ¿Y si descubren la verdad?

—Soy el guerrero más antiguo de la Legión, nadie osaría desconfiar de mis palabras. Es la única manera en que dejen de perseguirlos.

—No sé qué decir.

—No tienes que decir nada, no pido agradecimientos ni alabanzas.

—De todos modos, muchas gracias. Eidan también te lo agradecería, ¿no te gustaría hablar con él?

—No, no es necesario —sonrió —Ese chico es muy especial, cuídalo siempre, como lo has hecho hasta ahora, ¿de acuerdo?

—Nada me gustaría más, sólo que… no estoy seguro que el sitio correcto para él sea a mi lado.

—¿Qué tonterías estás diciendo?!!!

—De alguna manera, Eidan absorbió parte de la esencia de nuestra especie, lo que le permitió alargar su vida. Pero, él sigue siendo humano. Por cientos de años lo he obligado a adaptarse a mí, cambiando los días por las noches, además de tener que vivir escondiéndose del mundo.

—¡Lo hacías por protegerlo!

—Así es, y es justamente mi punto. Ya no va a necesitar mi protección. No tiene porqué seguir viviendo mi vida cuando puede hacer la suya. Tampoco sé si el hecho de alimentarme constantemente de su sangre es la razón de su juventud eterna. ¿Y si en realidad no quiere esa eternidad? El extraordinario poder de su sangre no puede cambiarlo, pero puede tener una vida feliz rodeado de las personas correctas.

—Cómo los integrantes del SIT, ¿verdad?

—Al ver cómo se ofrecieron a ayudarnos y nos contuvieron… me di cuenta que este puede ser el hogar que Eidan necesita.

—No puedo negar que tus pensamientos son coherentes, pero deberías hablarlo con él. Después de vivir tanto tiempo contigo, puede que no quiera separarse de ti.

—No debería quedarse conmigo sólo por costumbre. Además, el SIT es un lugar mucho más seguro para él.

—¡No hablo de seguridad, por todos los cielos! ¡Hablo de…! —comenzó a decir, cuando cayó en cuenta de algo —Espera un momento, entre ese chico y tú, en todos los años que estuvieron juntos. ¿Nunca lo han…?

El rostro escarlata de Dan fue suficiente respuesta.

—¿Nunca? ¡Nunca!!!???? ¿Ni siquiera lo has besado?

—Tenía cosas más importantes en que pensar que en… eso.

—¡No puedo creerlo! Pero, ¿nunca lo pensaste? Cuando te alimentabas de él, cuando sentías su corazón, su piel, cuando lo tenías bajo tu cuerpo, ¿nunca…?

—¡No hables de esa forma! Eidan es para mí lo más sagrado que tengo, nunca me atrevería a… a…

—Inconcebible, realmente inconcebible. Entonces, ese chico no sabe que lo amas. Deberías decírselo.

—¡Claro que no!

—Eres un idiota.

—Mira, agradezco lo que hiciste y lo que vas a hacer. Pero, a partir de ahora, no necesito que me digas que hacer. Si me disculpas, me retiro.

—Te tiraría por el balcón si con el golpe pudieras reaccionar, estúpido —pensó, viéndolo alejarse. Volvió a fijar la vista en las luces de la ciudad y en la gran luna llena y se dijo, como si fueran sus confidentes —No es mala idea lo del golpe, pero tal vez haya otra forma de hacerlo.

Pero, no podía hacerlo solo. Así que fue en busca de su cómplice, encontrándolo en la pequeña oficina, trabajando muy concentrado en la computadora.

—¿Escribiendo tus memorias?

—El informe de la misión que acaba de terminar —respondió con toda calma, sin siquiera levantar la vista —Debo entregarlo mañana a la policía.

—¿Y qué pondrás? ¿Que lograron derrotar a los malvados monstruos-vampiro? ¿Qué clavaron sendas estacas en sus corazones y los dejaron morir a la luz del sol?

—La policía no necesita tantos detalles —sonrió —Pero, ya que lo mencionaste. ¿Qué relación hay entre los vampiros y ustedes?

—Es una larga historia, que ustedes los humanos fueron desfigurando con el tiempo. Desde que tengo memoria, han escrito y difundido tantos mitos erróneos, que hay veces que yo mismo los creo. Es verdad que no nos agrada la luz del sol, pero de ninguna manera podría llegar a matarnos exponernos a ella un par de horas. Hace que nuestra fuerza vital se agote rápidamente y debamos alimentarnos, pero si disponemos de comida, podríamos tranquilamente ir a tomar sol a la mejor playa del Caribe.

—¿Y la sangre?

—Así como es la fuente vital de ustedes los humanos, también es la nuestra. Nos proporciona la energía que necesitamos en su forma más pura. No tenemos la capacidad de digerir los alimentos, por lo que debemos obtenerla de forma líquida.

—¿Eso quiere decir que puedes ingerir otros tipos de líquidos?

—La cerveza me agrada mucho —rio.

—No me refiero a eso. Si pudieran obtener energía de otro líquido que no fuera sangre…

—¿Por qué haríamos eso? Beber sangre es mucho más fácil.

—Todas las personas que han muerto no pensarían lo mismo.

—¿Y quién dijo que todos somos asesinos? Ese fue el primer mito que se difundió. Gracias a unos pocos que comenzaron a alimentarse de humanos hasta matarlos, nos metieron a todos en la misma bolsa.

—Eso quiere decir, que aquellas mujeres heridas…

—Culpable —sonrió, levantando las palmas de las manos —Hace siglos que no mato a un ser humano para alimentarme, me parecen hermosas formas de vida. Tan apasionadas y tan frágiles a la vez. Y te aseguro que, a cambio de su valiosa sangre, di a aquellas mujeres una excelente noche.

—Me has dejado atónito, esas revelaciones son increíbles.

—Hay muchos que piensan lo mismo que yo, aunque lamentablemente cada vez son menos, así como también hay otros… como Paul.

—Tengo tantas preguntas que hacerte.

—La información no es gratis —volvió a sonreír, guiñándole un ojo —A cambio, quiero que me hagas un favor.

—¿Favor?

—No te preocupes, no es algo malo, pero debemos darnos prisa, no hay mucho tiempo.

 

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Dan despertó a la noche siguiente y, antes de abrir los ojos, giró para abrazar a Eidan. Le gustaba sentir el aroma de su cabello y el tibio aliento haciéndole cosquillas en el cuello. Generalmente, el chico estaba despierto mucho tiempo antes y comenzaba a reír bajito, hasta que él mismo terminaba abriendo los ojos para descubrir su alegre rostro mirándolo. Entonces, comenzaba a acariciar sus mejillas, que enrojecían ante el contacto.

Sin embargo, al extender el brazo, sólo tocó un espacio vacío. Abrió los ojos y miró a su alrededor.

Nada.

Le extrañó que dejara la habitación sin él. A pesar que había entablado amistad con todos los de SIT, especialmente con la joven pelirroja, seguía manteniendo una extrema timidez.

Salió al pasillo, oscuro y desierto a esa hora. Buscó por cada rincón del departamento, pero no halló señas de él.

¿Dónde se habría metido?

Comenzó a preocuparse. Y más aún cuando tampoco pudo percibir la presencia de Emmanuel.

Casi corrió hasta llegar a la terraza del edificio. Volvió a bajar, inspeccionando todos los pisos, sin ningún resultado.

Su preocupación se tornó en alarma. Y angustia.

No le quedaba más alternativa que entrar al cuarto de Wind y despertarlo. Si había alguien que podría ayudarlo sería él.

Abrió la puerta con suavidad, ajustando su visión a la oscuridad. Divisó la cama y comenzó a acercarse, cuando notó que no había una persona, había dos. Una encima de la otra.

Con el rostro totalmente rojo dio media vuelta para salir, cuando un sonido llegó a sus oídos, inmovilizándolo. Un sonido muy bajo, casi inaudible, pero que conocía perfectamente.

Era la voz de Eidan.

Se acercó con la furia a flor de piel y fue cuando vio a Wind besando el cuello de Eidan, mientras el joven, con los ojos cerrados y la respiración agitada, emitía pequeños gemidos.

—¡Aléjate de él ya mismo! —gritó, arrojándolo de la cama de un golpe—¿Cómo te atreves a tocarlo?

—No lo obligué a nada, ¿o acaso ves que se estaba resistiendo? Al contrario, estaba disfrutando mucho.

—Nos iremos ya mismo de aquí. Y si te atreves a seguirnos… te arrepentirás, ¡LO JURO!

Tomó al joven en brazos, llevándolo a su habitación. Había sido un error permanecer tanto tiempo. Y había sido un error pensar que el SIT era un sitio seguro para él. El único sitio seguro… sería a su lado.

Lo colocó suavemente en la cama, en el preciso instante en que el joven abría los ojos.

—Dan… murmuró —¿No fue un sueño entonces?

—¿Sueño?

—Estaba teniendo un sueño tan lindo. Soñé que estábamos… —y calló, de repente, ruborizándose aún más.

¿Soñando? ¿Acaso pensaba que el que lo estaba besando era… él?

Sin pensar lo que hacía, se colocó sobre el joven, en la misma posición que lo había encontrado, sin apartar los ojos de su rostro.

Qué maravilloso era tenerlo bajo suyo, con su pecho aun respirando agitado, los hermosos ojos brillantes y las mejillas enrojecidas. Recordó cuando lo conoció por primera vez, los primeros encuentros, recordó cuánto lo deseaba…

Descendió hasta su cuello, sintiendo la piel erizarse y estremecerse ante el contacto con sus labios, sin sentir la necesidad de alimentarse, pero si con la urgente necesidad de recorrer cada centímetro, de conocerlo… de marcarlo como suyo. Y los suaves gemidos que comenzaron a escucharse, le indicaron que Eidan quería lo mismo.

—Dan… no es un sueño, ¿verdad?

—No… no es un sueño —contestó, acercándose a besar sus labios por primera vez.

Emmanuel tenía razón. Había sido un estúpido al dejar pasar tanto tiempo. Y había sido un estúpido al pensar que podía alejarse.

—Te amo —murmuró, separándose sólo unos centímetros —Quiero quedarme contigo para siempre. Te necesito.

—Yo también te amo, Dan…

Volvieron a besarse, sin prisa, con suavidad e infinita ternura, como si lo hubieran hecho siempre. Se conocían tanto, a pesar que nunca habían llegado a un contacto tan íntimo.  Se pertenecían, y ambos lo habían sabido desde siempre. Sólo faltaba decir en voz alta las palabras que guardaban en lo más profundo de su ser.

Ahora que todo estaba dicho, las palabras estaban de más.

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—¿Aún te duele? —preguntó, sin poder reprimir la risa.

—No sé cómo me dejé convencer de hacer algo así. Si llegas a abrir la boca… ¡ahg! —gimió, al sentir la compresa de hielo en su espalda.

—Quédate quieto, Wind. El hielo bajará la inflamación. Y no, no diré absolutamente nada.

—Excepto a Dan. Promete que hablarás con él.

—Lo prometo, prometo que le diré que Eidan estaba profundamente dormido y que usaste hipnosis para hacerle creer que era Dan quien lo besaba y no tú. ¿Tranquilo?

—No me quedaré tranquilo hasta que lo cumplas.

—Confía en mí.

—Espero que tu plan haya resultado.

—¿No puedes usar tu maravilloso poder para averiguarlo?

—¡Claro que no!

—Qué aburrido eres —rio —Y no te preocupes. Sólo hacía falta un buen golpe para que ese cabeza hueca se diera cuenta lo que tenía frente a sus ojos. Idiota, ¿sabes que creía?  Que Eidan podía formar parte de tu equipo.

—¿En serio? —sonrió —Ese chico nunca podría encajar con nosotros. El necesita una vida tranquila y feliz.

—¿Acaso ustedes no son felices?

Wind se puso serio de repente, apoyando la cabeza en la almohada.

—Lo siento —murmuró Emmanuel, sintiendo que había tocado un punto débil del rubio. Otro más. Y no le gustó verlo así, con la mirada perdida.

El hielo de la compresa casi se había derretido, así que decidió retirarla, viendo el moretón rojizo que se había hecho al caer al suelo, producto del golpe de Dan.  Colocó su mano sobre la herida, ascendiendo lentamente por debajo de la camiseta.

—Detente —la voz no sonó enojada, más bien cansada.

—Mañana regresaré a la Sagrada Legión. Terminaré de una vez por todas con la misión que me asignaron y después… quizás…

No quiso terminar la frase. No le gustaba prometer cosas que no sabía si podría cumplir. Se incorporó, sin apartar la vista de los ojos azules fijos en la pared.

Aquellos malditos ojos azules.

En un impulso, tomó el rostro de Wind, besándolo con fuerza, casi con violencia. No le importó el quejido de dolor que escuchó al voltearlo y colocar todo su peso sobre él mientras lo sujetaba por las muñecas. Lo único que quería era inmovilizarlo. Separó sus labios cuando sintió que el rubio se quedaba sin aliento y, antes que pudiera reaccionar, giró hacia su cuello. Un nuevo quejido y la sangre comenzó a fluir en su boca. Sin embargo, no hubo resistencia. El cuerpo de Wind estaba totalmente inmóvil.

Aflojó el agarre de sus manos, descendiendo por su pecho, hasta llegar a la cadera.

—Detente —escuchó nuevamente.

Entonces supo que nunca le iba a permitir ir más allá. Una punzada de dolor le atravesó el pecho y se incorporó, esquivando su mirada.

—Si decido volver alguna vez… —dijo, en un último intento.

—Las puertas del SIT siempre estarán abiertas para ti.

Asintió, sin atreverse a decir nada más. Y, tan silencioso como una sombra, salió de la habitación.

 

 

 

 

Eklipse

 

“—Emmanuel, no me mires así, no puedo concentrarme.

—Eso es lo que quiero, que dejes ese estúpido violín y me prestes atención.

La joven rio, haciendo lo que le pedía. Guardó su preciado instrumento y lo volvió a mirar.

—Te estoy prestando atención, como querías. ¿Qué es eso tan importante que debes decirme?

—Te amo —contestó, tomándola de la barbilla para besarla.

—No… no hagas eso —reclamó, separándolo, con el rostro totalmente enrojecido —¿Qué pasaría si alguien nos ve?

—¿Quién puede vernos en este lugar? Aún faltan dos horas para tu presentación y el teatro está vacío. Vamos, sólo será un beso.

—Siempre dices eso… y no termina siendo sólo uno.

—Es verdad- sonrió, acariciando su mejilla —Pero es tu culpa, por mirarme así, como me estás mirando ahora.

Se acercó y posó sus labios sobre los de la joven, degustando el dulce sabor de su pequeña boca. Nunca se habría imaginado que, con solo ese simple contacto, su cuerpo entero se estremecería.

—Debo… seguir practicando.

—De acuerdo. Después del concierto, te llevaré a cenar al mejor restorán.

—Si nos ven a los dos solos, la gente hablará.

—Déjalos que hablen, no me importa.

—Emmanuel, debes cuidar tu reputación. Yo… no soy…

—No vuelvas con eso. No me importa la reputación, ni la maldita sociedad. Lo único que quiero es estar contigo y nadie va a impedirlo.

Los ojos azules se llenaron de lágrimas.

—Estaré mirándote desde mi palco privado, y aplaudiré de pie cuando termines. Y te juro que haré llover una lluvia de rosas blancas a tus pies.

—Me haces sentir como una princesa.

—Porque lo eres. Mi princesa.

Varios pasos resonaron en el corredor, el resto de los músicos comenzaban a llegar. La besó por última vez y se retiró, bajando a la sala de estar.

Aun siendo tan temprano, el lugar estaba lleno de gente. Lo más selecto de la aristocracia se hacía presente con sus mejores galas. Rodeó a la multitud, haciendo caso omiso a las miradas que se posaban en él y tomó asiento en su mesa privada.

—Buenas noches, señor —saludó el mozo con una reverencia.

—Buenas noches. Lo mismo de siempre, por favor.

—En seguida, señor.

Fijó su vista en las inmensas arañas de cristal y se entretuvo mirando el reflejo de la luz sobre ellas, hasta que una voz lo sacó de su ensoñación.

—¿Me permite tomar asiento, señor Von Piersie? —el sujeto se quitó la galera y los guantes para después sentarse frente suyo.

—¿Quién es usted?

—Mi nombre verdadero no importa, soy un enviado de la Sagrada Legión.

Se tensó visiblemente al oír ese nombre.

—Ha sido notificado varias veces, pero no hemos tenido respuesta.

—Respondí la primera vez, dije que no estaba interesado en su propuesta. No me interesa formar parte.

—Tendría muchas ventajas si aceptara.

—No necesito ningún tipo de ventajas. Como verá, mi situación es muy buena.

—De acuerdo —suspiró el hombre, colocándose nuevamente los guantes —Intenté hablar por las buenas. Debe saber que la Sagrada Legión no acepta un “no” como respuesta. Recluta sus miembros y éstos deben aceptar. De otra manera…

—No me gustan las amenazas.

—No es una amenaza, señor Von Pierse. Tómelo como una simple advertencia. Buenas noches.

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—Has estado muy extraño esta noche, ¿Qué sucede?

—Lo siento, Anne. Necesito preguntarte algo.

—De acuerdo —respondió, extrañada.

—¿Te gustaría ir de viaje conmigo?

—¿Estás bromeando? —rio.

—Claro que no, hablo muy en serio. Un viaje por toda Europa. Y tal vez, quedarnos a vivir en Francia… o Italia. ¿No te gustaría?

—Emmanuel Von Piersie, no sé si la champaña se te subió a la cabeza, pero estás totalmente loco. No puedo abandonar mi puesto en la orquesta, no después de lo mucho que me costó conseguirlo.

—Podría hacer que toques en las mejores orquestas del mundo, podría…

—Detente —cortó, colocando un dedo sobre sus labios —¿Cuál es la verdadera razón?

—Un integrante de la Sagrada Legión fue a verme al teatro —exclamó, en voz muy baja —No que se traman, pero no quiero permanecer más en este lugar.

La joven permaneció en silencio. Sabía absolutamente todo de esa horrible organización, por lo menos todo lo que Emmanuel le había contado.

—De acuerdo —dijo al fin —Iré contigo.

El rostro del hombre se iluminó, tomó sus manos y las besó con ternura, para luego besarla suavemente en la boca.

—Haré los arreglos necesarios para poder partir mañana a la noche.

—¿Mañana? ¿Tan pronto?

—Quiero salir de la ciudad lo antes posible.

—Entonces, será mejor que me lleves a casa. Debo preparar mi equipaje, hablar con la señora Lora y decirle que no necesitaré más la habitación, pagar la renta. ¡Hablar con el director de la orquesta! Dios, Emmanuel, mañana es muy pronto.

—Mañana a las diez de la noche te iré a buscar —dijo sonriendo, mientras llamaba a un carruaje.

—¿No vas a ir conmigo?

—Debo conseguir los boletos y arreglar algún alojamiento. Aprovechar lo que queda de la noche —contestó mientras la ayudaba a subir al vehículo.

—De acuerdo.

—Todo saldrá bien —murmuró, tomando entre sus dedos un rizo rubio de su cabello —Será una gran aventura. Te amo.

—Yo también te amo, aunque estés loco.

La saludó con la mano en alto hasta que el carruaje se perdió de vista. Estaba emocionado. Y muy feliz.

Comenzó a caminar a paso firme, pero al pasar frente a la vidriera de una joyería, detuvo el paso de inmediato.

—Buenas noches, señor. Lo siento, pero estamos a punto de cerrar.

—Por favor, sólo serán unos minutos. Es un asunto urgente.

—De acuerdo, señor. ¿En qué lo puedo ayudar?

—En la vidriera, vi un anillo…

—Ah, con qué se trata de eso —dijo el anciano sonriendo, buscando la joya —¿Es esta? Una hermosa alianza de oro blanco con engarce de 14 diamantes y en el centro un zafiro natural.

—Es esa, la llevo.

—Una gran elección, señor. La dama se sentirá muy feliz.

Emmanuel salió con la sonrisa a flor de piel y el pequeño envoltorio en el bolsillo de su abrigo. Cualquier joya perdía su esplendor junto a Anne, pero no había podido evitarlo. Sobre todo, cuando vio el zafiro, que le recordó sus hermosos ojos.

—Será una gran aventura.

Llegó a su residencia cerca de las cinco de la mañana, agotado pero satisfecho. No sólo había conseguido los boletos de tren que buscaba, sino que se aseguró dos pasajes en primera clase para el barco que zarparía al Mediterráneo. En semanas estarían muy lejos de Inglaterra… y del peligro.

Y estarían juntos.

Entró, sintiéndose muy hambriento. Esperaba que sus sirvientes tuvieran preparada una buena “comida”, la necesitaba y pronto.

Le llamó la atención que todo estuviera tan silencioso y oscuro. Su personal estaba contratado exclusivamente para el horario nocturno, si se habían echado a dormir lo iban a lamentar.

Buscó la lámpara más cercana, aun cuando no necesitara de la luz para ubicarse. Y fue cuando sintió aquel olor.

Inconfundible.

Sangre.

Corrió al extenso comedor y la imagen que vio lo llenó de espanto. Todo su personal, veinticinco personas, sentadas a lo largo de la inmensa mesa de roble, como si estuvieran dispuestas a cenar. Todas con el cuello desgarrado, con la sangre aún fluyendo sobre los blancos uniformes. Frente a cada una de las víctimas, sobre exquisitas fuentes de plata, un corazón.

Y en la cabecera, una silla vacía con su respectiva fuente… conteniendo una rosa blanca.

Se llevó las manos a la boca para ahogar el grito de terror, y las náuseas que lo invadieron.

Salió corriendo desesperado, desplazándose a grandes saltos, sin importarle que pudiera ser visto.

Sentía un espantoso nudo en la garganta, su cuerpo temblaba sin control. Al llegar a la pensión de Anne, su rostro estaba cubierto de lágrimas.

Porque, muy dentro de su ser, sabía lo que iba a encontrar.

Cuando la vio, cayó de rodillas, abrazando el cadáver cubierto de sangre.

Si la hubiera acompañado… si no la hubiera dejado sola…

—Perdóname, perdóname mi amor —le susurró al oído, acunándola contra su cuerpo —Lo siento tanto…

Sin dejar de llorar, la tomó en sus brazos. Todos los habitantes de la pensión también estaban muertos, pero eso no le importaba. Lo único que le importaba en el mundo, la única razón que daba sentido a su existencia, yacía sin vida en sus brazos.

Caminó con la joven en brazos, atravesando las calles solitarias llenas de bruma. No sabía dónde ir ni qué hacer, pero tampoco le importaba.

Ya no le importaba nada.

A pocos metros, en el interior de un callejón, escuchó risas apagadas y algo más. Sintió el olor a Anne. Cinco sujetos vestidos de negro y con los rostros cubiertos por capas, conversaban tranquilamente, hasta que lo divisaron.

No dejó que hablaran, si siquiera les dio tiempo de reaccionar. Con la mayor furia, violencia y odio que había sentido jamás en su vida, los eliminó uno por uno, arrancando sin piedad sus extremidades, dejándolos desangrar, gritar y rogar, hasta que, al fin, los dejó abandonados a su suerte. El sol del amanecer se encargaría del resto, o los perros callejeros.

Lo que llegara primero.

—Un trabajo excelente —escuchó a sus espaldas —Un poco desprolijo y sucio, pero excelente.

Y ahí estaba, el mismo hombre de galera y guantes que había visto en el teatro.

Intentó golpearlo, pero se movía demasiado rápido, desaparecía y aparecía en cuestión de segundos, sin dejar de sonreír.

Al cabo de un tiempo dejó de insistir, estaba al límite de sus fuerzas.

—Si quieres acabar conmigo, vas a tener que hacer mucho más que eso. Mírate, con la ropa hecha harapos y llena de sangre. Apenas puedes mantenerte en pie. ¿Y así quieres matarme? Eres tan patético que no entiendo porque el Consejo quiere tenerte en sus filas. Pero, si te atreves, aprende a matar de forma limpia, sin dejar huellas. Sin malgastar energías. Conviértete en el asesino perfecto. Sólo entonces, podrás enfrentarte a mí”

 

Emmanuel se detuvo al llegar al extremo del muelle, contemplando el océano infinito que se extendía frente a él. Sacó el celular del bolsillo, aún faltaban tres horas para su vuelo.

Tenía tiempo suficiente.

Bajó a la playa, quitándose el calzado, caminando lentamente sobre la arena. La sensación del agua helada entre sus dedos era agradable. Y era agradable sentir el viento suave, de aroma salado, chocar contra su rostro.

Libertad.

Ahora que la tenía, se preguntó por qué la había buscado durante tanto tiempo. Podía ir a donde quisiera y hacer lo que se le viniera en gana, sin embargo, lo único que se le había ocurrido era comprar un pasaje de avión a Egipto. Para ver esas estúpidas piedras que los humanos idolatraban tanto. Si ellos supieran la verdadera historia…

Después podría ir a New York, o a Hong Kong. A cualquier ciudad con las luces suficientes para deslumbrarlo.

Sídney también era un buen lugar.

El viento llegó con más fuerza, arrastrando la corriente de olas, que lo mojaron hasta sus tobillos.

O tal vez…

Dio media vuelta, sacudiéndose la arena para colocarse nuevamente los zapatos. Debería ir al aeropuerto para cancelar el viaje, y pagar la multa. Y después ver a qué hora saldría su próximo vuelo.

Ojalá hubiera alguno para esa misma noche, así no tendría que esperar al día siguiente. Aunque, después de todo, qué más le daba esperar.

Tenía todo el tiempo del mundo.

 

                                           -------------------------------------------

 

—¡Mira, mira Randall! —gritó la joven pelirroja al entrar corriendo al departamento.

—Deja de gritar, se quejarán los vecinos ¿Por qué tanto escándalo?

—¡Llegó una carta de Eidan!

—¿Carta? ¿Todavía se mandan cartas? ¿Ese chico no sabe lo que es un e-mail?

—No seas aguafiestas, es la primera vez que me mandan una carta. ¡Es muy emocionante!

—¿Y qué dice?

—Hmmm… veamos. Consiguieron una casa en las afueras de un pueblo, en la campiña francesa. ¡Ahhhhh! Francia… me encantaría conocer Francia.

—Por lo menos tienen buen gusto.

—Están muy bien. Dan consiguió trabajo como… ¿sereno?

—Supongo que no debe haber muchos trabajos nocturnos en una campiña.

—Tienes razón. ¡Ah! Eidan quiere volver a estudiar. Dice que el francés es como su segunda lengua y le gustaría dedicarse a la traducción de libros y manuscritos. Envían muchos saludos a todos y quieren recibir noticias nuestras. Ah…  —terminó, con un suspiro.

—¿Qué pasa ahora?

—-Me gustaría escribirle una carta también… pero en francés. ¿Sabes francés?

—¿Me viste cara de saber francés?

—Es verdad… no me gustaría usar un traductor, quiero que se lea auténtico. Mhhh, seguro el jefe sabe. ¡El jefe lo sabe todo! Comenzaré a escribirla para que él luego la traduzca. ¡Será tan emocionante!!

Randall no pudo evitar reír ante la alegría de la joven, que se ubicó junto a él y comenzó a escribir fervorosamente. La tranquilidad no duró mucho, pues minutos después, el que entraba gritando emocionado era el propio Wind.

—¡Lo logramos! ¡Al fin lo logramos! —dijo, agitando en su mano un papel.

—Hoy definitivamente nos echarán del edificio ¿Qué logramos?

—En mis manos tengo el documento que acredita al SIT como organización oficial perteneciente al servicio secreto de la policía. Eso es igual a sueldos oficiales, seguro social y… ¡dinero suficiente para cambiar de departamento!!

—¿Todo… todo eso? ¿Es posible?  —exclamó Randall mientras que Venus, por primera vez en la vida, había perdido el habla.

—Todo eso, compañeros. Será mejor que comiencen a embalar sus cosas, ¡El SIT se muda a un mejor lugar!!!

 

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—Wind… ¿no crees que exageramos al comprar toda la primera planta de este edificio? Tiene tantas habitaciones, que nunca termino de ubicarme.

—Fue pensando en el futuro, Ran —rio, aprovechando la llegada del moreno para tomarse un pequeño descanso.

—¿Vas a reclutar nuevos miembros?

—Es posible.

—¿Tienes alguno en la mira?

—Aún no. Pero, espero que lleguen pronto. Mira —le dijo, señalando una pila de carpetas sobre el escritorio.

—¿Más casos?

—Si —respondió, desperezándose para descontracturar los músculos del cuello —Afortunadamente no son gran cosa. Cuando tengas tiempo, quisiera discutir alguno de ellos contigo.

—A eso precisamente venía, terminé lo que me pediste —respondió, entregándole un estuche negro.

—¡Estupendo! ¡Muchas gracias!

—Tienes que decirme si sirve o debo hacerlo de nuevo. La aleación de los materiales puede no ser suficiente y…

—Son hermosos —exclamó, al ver el par de anteojos de fino borde azul —Lo hiciste del color que más me gusta. ¿Qué te parece? ¿Me quedan bien?

—Te da un aspecto muy intelectual —dijo riendo, sin animarse a decirle que, usara lo que usara, seguía siendo el ser más perfecto del planeta —Ahora, lo importante es, ¿funcionan?

—Déjame probar —exclamó, entusiasmado. Se puso de pie, extendiendo la mano hacia un viejo estante lleno de carpetas. De repente, todas las cosas que había en él comenzaron a temblar. Sonrió con satisfacción… y alivio. Acto seguido, se quitó las gafas e hizo el mismo movimiento. Todo salió volando por los aires como si hubiera estallado una bomba.

—Wind, ¿estás bien? —preguntó preocupado Randall, que, en un acto reflejo, se había arrojado sobre él para protegerlo del impacto. Como toda respuesta, el rubio se echó a reír.

—¡Funciona de maravillas! —exclamó, sin dejar de reír, a la vez que le pasaba las manos por el cabello quitándole trozos de papel.

—La próxima vez, intenta probar en algo más pequeño —rio también, mientras lo ayudaba a levantarse —También tienes el cabello lleno de trocitos de papel.

—Si, limpiaré este desastre e iré a darme un baño.

—Traeré dos escobas, así terminaremos más rápido.

—Fue mi culpa, Ran. Deja que me encargue.

—De ninguna manera.

—De acuerdo —sonrió —Muchas gracias… no sabes lo mucho que significa para mí que hayas hecho estas gafas. Ahora podré tener control absoluto de mi poder. Nunca podré pagártelo.

—Claro que sí, jefe —rio, mientras se alejaba —Esta noche, pagarás la cena.

 

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Wind terminó de acomodar las carpetas y se frotó el estómago. No debía haber comido tanto esa noche. Pero, estaba tan feliz, que no pudo evitarlo. Se sentía tan bien… ¡tan bien!

Hasta parecía que caminaba flotando, de tan liviano que se sentía. Aunque, luego de la abundante cena, lo liviano había quedado de lado. Y justamente por ese motivo se encontraba acomodando sus cosas, tal vez así aceleraría la digestión.

—Mejor preparo un té —comenzó a decir, cuando sintió una presencia en la ventana. Una presencia que conocía muy bien.

Abrió los cristales, encontrándose cara a cara con Emmanuel.

—Has cambiado —fue lo primero que le dijo. Estaba serio, y… ¿decepcionado?

—Pasaron muchos meses.

—Fue difícil encontrarte, tu energía está muy baja.

El rubio sonrió, señalando las gafas mientras le daba espacio para que ingresara.

—¿Vas a entrar o prefieres quedarte en la ventana?

—Este lugar también es muy grande.

—Todos debemos avanzar alguna vez. Y llegó el momento para que el SIT lo haga. Este lugar es parte del proceso.

—¿Las gafas y el corte de pelo también lo son?

—Puede ser, ¿has venido a unirte a nosotros o simplemente estás de visita?

—No lo he decidido aún.

—Me gustaría que te unieras, serías de mucha ayuda. Puedes quedarte aquí mientras lo piensas, hay espacio de sobra.

—Si acepto… deberé aceptar tus órdenes, ¿verdad?

—Así es. Aunque, en el SIT todos tienen libertad de opinar, debatir y aportar ideas.

—De acuerdo. Lo pensaré.

—¡Perfecto! Vamos, sígueme —indicó, saliendo de la oficina —Mira, puedes usar esta habitación. Cualquier cosa que necesites, sigue este pasillo, estaré en la cocina.

—¿Cualquier cosa?

Wind se detuvo en seco, mirándolo. No quería ser brusco, pero tampoco quería que malinterpretara las cosas.

—Escucha, Emmanuel, tienes mucha razón en decir que he cambiado. Lo hice y me gusta esta versión de mí mismo. El Wind de esa noche… ya no existe. Así que, si esperas…

—Sólo quiero que me des una razón para quedarme aquí.

—No puedo hacer eso. La razón la tienes que encontrar por ti mismo…

Al día siguiente, cuando Randall entró a la cocina para preparar el desayuno, se llevó una gran sorpresa al encontrarse con Emmanuel, quien permanecía en un extremo de la habitación para evitar la luz que comenzaba a filtrarse por la ventana.

—Buenos días, fortachón. Por tu expresión de asombro, veo que me has extrañado.

—Sólo me estaba preguntando cómo diablos entraste.

—Jaja, el jefe me dejó entrar anoche. ¡Ah! ¿No sabes la última noticia? Vamos a ser compañeros.

—¿En serio???? —Venus acababa de entrar y se había llevado la misma sorpresa que su compañero.

—Así es. Tal vez podríamos continuar lo que dejamos pendiente aquella vez, ¿recuerdas?

—Esa vez fue pura actuación. Si intentas acercarte a mí ahora, te romperé el cuello.

—Vaya, sí que han cambiado las cosas por acá.

Mientras la discusión seguía en la cocina, Randall se dirigió a la oficina de Wind, sabiendo que lo hallaría trabajando, como siempre. Abrió la puerta de un golpe y, sin esperar a que el rubio lo saludara, lo encaró, diciendo:

—¿Cómo es eso que Emmanuel ahora es parte del equipo?

—¿Te lo dijo él mismo?

—Así es.

—La verdad, no pensé que decidiera quedarse. ¿No quieres que forme parte del SIT?

—No dije eso, sólo que… es un tipo… complicado.

—Como si cualquiera de nosotros fuera fácil de tratar —sonrió.

—De acuerdo. Perdón por entrar así, me descontrolé un poco.

—Pienso que Emmanuel puede ser de gran ayuda para nosotros.

—Será difícil manejar sus horarios y lo de… su alimentación.

—Después que llegó anoche, me puse a buscar algo de información. Y creo que encontré una manera de solucionar esos dos aspectos al mismo tiempo. Mejor dicho, tú lo vas a hacer.

—¿Yo?? No pensarás que me ofrezca como comida, ¿verdad?

—¡Claro que no! —rio con ganas —Ya lo hablaremos después, no hay por qué apresurarse. A propósito, ¿dónde está?

—Supongo que seguirá en la cocina, discutiendo con Venus.

—Ah, al fin te dignas a llamarla así.

—Insistió tanto, que accedí. Además, no importa el alias que se coloque, sigue siendo una niña.

—Eres de lo peor —volvió a reír —Entonces, vayamos nosotros también.

No habían dado ni dos pasos, cuando Wind volvió a hablar:

—¿Ran?

—¿Hmm?

—Voy a hacerte una pregunta muy superficial y no quiero que te rías, ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

—¿Me quedaba mejor el pelo largo?

—Definitivamente.

—¡Y si te atreves a entrar a mi habitación a la noche te golpearé tanto que nadie podrá reconocerte!!!

—Ah, ¿sí? Hablar es muy fácil, pero me gustaría ver si tienes la capacidad para hacerlo.

—¡No me desafíes!

—¿Aún piensas que es una buena idea que se quede?

El rubio abrió la boca para contestar, pero en ese instante su celular comenzó a sonar.

—¿Hola? Si, Habla él mismo —exclamó, levantando la mano. Al instante, tanto Emmanuel como Venus callaron, quedándose totalmente inmóviles —De acuerdo, nos haremos cargo de inmediato. Si, sí. Adiós.

—¿Algún problema?

—Parece que tienen algo para nosotros. Y por el tono de voz, es urgente. Están enviando la información a mi computadora, vayamos a la oficina —dijo, bajando la mano, con lo cual ambos contrincantes volvieron a la normalidad.

—¿Qué demonios fue lo que hizo con nosotros???!!!!

—Aggg, detesto cuando el jefe usa eso…

El fax había impreso una docena de páginas cuando llegaron. A medida que leía, el rostro de Wind se tornaba cada vez más serio.

—Según dicen los informes, un hombre escapó del hospital psiquiátrico donde lo tenían internado hace varios años por conducta agresiva y varios intentos de suicidio. Al parecer, también tiene un extenso prontuario en la cárcel, incluso dos homicidios.

—Parece la descripción de un demente —dijo Venus.

—Es cierto. ¿Por qué nos quieren dar el caso?

—Hay una descripción de uno de los guardias asignado a su pabellón: “Nos habían dicho que tenía una conducta muy agresiva, además, que sufría accesos piromaníacos. Varias veces encontramos objetos quemados en su habitación, pero nunca hallábamos el objeto con el que iniciaba el fuego. Luego que incendiara la celda de aislamiento, los médicos decidieron someterlo a una fuerte terapia con tranquilizantes, pero al querer inmovilizarlo, sucedió algo espantoso”

—Por todos los cielos —dijo Venus al ver las fotografías que acompañaban el informe. Parecía ser los restos de una habitación de hospital totalmente quemada, llena de hierros retorcidos, trozos de muebles y, en el suelo, varios cadáveres prácticamente reducidos a cenizas.

— “Parecía tener una fuerza extraordinaria” —continúo leyendo Wind — “Ni toda la guardia del hospital pudo detenerlo. Quemaba todo a su paso. Y fue cuando nos dimos cuenta, él mismo iniciaba el fuego. El mismo, con su propio cuerpo”

La última hoja del informe era una fotografía captada por una cámara de vigilancia. No era muy definida, pero dejaba ver la imagen de un hombre joven, con la típica bata de hospital. Su rostro duro, desencajado, con barba de varios días y una cicatriz que le surcaba el rostro.

—Miren sus brazos —indicó Emmanuel, quien se había mantenido atento a la conversación —Están envueltos en llamas.

—Había leído sobre casos de personas que tienen la capacidad de soportar altas temperaturas en su cuerpo —agregó Wind —Pero esto es diferente… si los testimonios son verdaderos, este hombre es capaz de generar fuego con su propio cuerpo.

—¿Qué quieren que hagamos? ¿Qué lo detengamos o que acabemos con él?

—La orden dice que se lo detenga, no importa la forma. Escapó ayer del hospital del condado vecino. Si se mueve a pie, no debe estar muy lejos —Wind respiró hondo —¿Qué opinan?

—Vamos a necesitar equipo anti-flama —dijo Randall —No pienso acercarme a ese tipo sin llevarlo puesto.

—Es bueno que seas más corpulento que él, así podré escudarme tras de ti.

—Y tú, Emmanuel, ¿te unes?

—Perseguir a un demente amante del fuego no está en mi lista de actividades favoritas, pero no tengo otra cosa que hacer.

—Decidido entonces. Bien equipo, tenemos una nueva misión. ¡A trabajar!

FIN